lunes, 10 de marzo de 2008

Insomnio

Son las cuatro de la mañana y estoy despierta gracias a una sobredosis de cafeína. Tengo clase a las 8, debería de estar dormida desde hace varias horas, sobre todo porque el plan era despertarme a las 6 a leer lo que no leí. Pero tengo tanto sueño que no entiendo las palabras del artículo. Así que mejor escribo en mi blog.
Me gustaría saber quién más tiene insomnio ahorita. Tal vez algún escritor que conozco, que sé que es bien fans del noctambulismo. A mi el insomnio me trae malos recuerdos, me angustia, y por eso me pongo a escribir.
Intentaría dormirme si no es porque sé que sería inútil. Mi vecino está roncando sin piedad, hace calor en mi cuarto y yo tengo que dejar de tomar café. Es una de esas cosas gringas que se me ha pegado. Acá la gente lo toma todo el tiempo. Yo he localizado varios lugares en donde ponen café gratis y ahora parezco loca tomando un promedio de 4 tazas al día. Hoy me propasé y tomé 7.
He pensado que el exceso de café que se consume tiene mucho que ver con la prisa en la que todos estamos inmersos. Aunque no es exclusivo del lugar, se vuelve muy evidente. Dormir queda al final de la lista de prioridades. Para mí esto no es cosa nueva, pero se ha intensificado en estas semanas. Lo irónico es que, entre más me veo inmersa en este tipo de vida, más la cuestiono.
El otro día estaba cenando con mi amiga china Jing. Milagro, porque ella nunca tiene tiempo ni para eso. Se quejaba amargamente, como siempre, de la cantidad de trabajo que tiene y de cómo en toda la semana no había tenido ni una hora libre para nada más sentarse a descansar. Cuando acabó sus quejas se me ocurrió preguntarle, "Jing, ¿eres feliz aquí?" Se me quedó viendo y, después de un rato, me dijo "Sí, creo que sí soy feliz aquí. Pero qué bueno que me lo recuerdas."
No creo que sea a la única que se le olvida. Me doy cuenta de lo fácil que es que las cosas pierdan sentido. Correr de una a otra, sufrir lo que haces y olvidarte de que estás aquí porque alguna vez lo disfrutaste.
Platicaba con un amigo sobre si quiero regresar a hacer un doctorado. Le decía que no sé si me gusta la idea de pasar aquí 5 años y salir a la vida real a los 28. Y me dijo "Cuando salgas vas a ver que allá afuera no tiene tanto chiste. Esto es la vida real."
Sabias palabras. Es sano de vez en cuando preguntarte por qué estás en donde estás. Si es sólo para llegar a otro lado, lo mejor es irte a ese otro lado cuanto antes. Porque el tiempo es demasiado poco como para pasar tanto tiempo en la preparación de lo que vendrá. Yo tengo claro que estoy feliz aquí por lo que es ahora, no por lo que me pueda traer después. Pero a veces me da miedo que entre tantas tazas de café se me olvide, a ratos, sentarme a disfrutar.
Ya me voy a hacer yoga a ver si así logro acordarme de cómo le hacía para dormir.

sábado, 8 de marzo de 2008

Finde musical

El cosmos conspiró para que este fin de semana la música me deleitara como hace mucho no me sucedía. He notado que aquí, al menos entre mis conocidos, este arte no es algo tan apreciado. Fuera de los cantos matutinos de dos de mis vecinos, nunca he escuchado música en el pasillo. Así que ya era hora de asomarme al ambiente musical en Boston.
El viernes en la noche fui a cenar a Dudley y me encontré a Edgar, uno de mis amigos mexicanos, increíblemente agradable, que estudia composición. Me dijo iba a ir a un concierto gratis y me invitó. Accedí gustosa y quedamos de vernos en el edificio de música, que según yo sabía perfecto dónde estaba.
Más tarde, mientras me mojaba en la lluvia corriendo de edificio a edificio, me dí cuenta de que en realidad no sabía cuál era el de música, y jamás llegué al concierto. Consciente de lo lastímero de mi situación, regresé al cuarto y me lancé sobre mi cama, frustrada. Aquello implicaba que pasaría el viernes en la noche haciendo tarea, cosa que aunque buena falta me habría hecho, no me apetecía en lo más mínimo. Pero aquí vino la segunda intervención del cosmos, porque unos minutos después alguien tocó la puerta. Era Timothy, un amigo inglés que quería invitarme a un "wine tasting." Más inglés y se muere. Sin dudarlo dije que sí y nos fuimos a alcanzar a los demás.
Habían comprado botellas de 6 vinos diferentes, además de quesos, pan y cacahuates. Finísimas personas. Y como buenos cristianos compartieron el vino y el pan conmigo. Comí mucho queso no porque tuviera hambre, sino porque me daba miedo que pidieran mi opinión sobre el vino. Para ahorrarme la molestia de inventar un comentario sofisticado que explicara que el que más me gustaba era el que no sabía a vino, mejor me llenaba la boca, excusa perfecta para no hablar. Cuando se acabó el queso empecé a llenarme la boca con vino, lo cual ocasiono la alteración de mis sentidos. Pero fuera de cachetes rojos y unas cuantas risas fuera de lugar, todo bien.
Se preguntarán qué tiene que ver esto con la música. No desesperen, todo está relacionado en esta historia. Varias copas de más después llegó Raymund, uno de mis ingleses favoritos. ¡Y venía del concierto al que yo iba a ir! Pero lo mejor de todo es que iba a regresar a la segunda parte. Así que me agregué a su plan.
El concierto estuvo muy raro. Es música electroacústica, de un compositor llamado Karlheinz Stockhausen. La pieza se llama Mantra, son dos pianos que están conectados a un modulador que modifica los sonidos. Además hay etambién un poco de percusiones, que tocan los mismos pianistas. Gran parte del chiste es el performance los pianos están uno frente al otro, los pianistas parecen gemelos y se comunican con miradas durante todo el tiempo. De la nada, a media pieza, los dos dejan de tocar, se levantan y empiezan a hacer ruidos extraños. Muy peculiar. Eliodoro dice que tienen que hacer esas cosas para captar la atención, porque si no la gente no lo aguantaría. Y de hecho, muchos se salían y otros tantos se echaban su siestecita. Y es que no está fácil soplarte los 70 minutos que dura la pieza. Yo, entre lo difícil de la música y el alcohol en mi sangre, a los 20 minutos me empecé a distraer y a pensar en por qué en el auditorio están los nombres de todos los compositores más famosos, pero no el de Vivaldi ni Strauss.
A Raymund y al resto del público (los que no se salieron), les encantó y aplaudieron muchísimo. Aunque no estoy segura si por apreciación musical o por agradecimiento de que hubiera terminado. Porque algunos de los que aplaudían con más enjundia eran justamente los que había cabeceado la mitad del tiempo.
Aunque a mí no me gustó, algo tiene este tipo de música que me dejó pensando mucho. No me arrepiento de haber ido, y Eliodoro me consoló diciéndome que si aguanté esa pieza, estoy lista para todo, porque es una de las obras más pesadas del género. Fiuf, ya la armé.
Esto no fue todo en mi fin de semana musical. Ayer Raymond me dijo que iba a ir a escuchar La Pasión según San Juan, de Bach, y una vez más me agregué al plan. Fue también Jacinthus, otro de los ingleses. La verdad, con el perdón de ustedes si es que son admiradores de Bach, es que me aburrió. Me quedé esperando el momento climático de la resurrección, que jamás llegó. Raymund de plano se quedó dormido y Jacinthus, gran apasionado de la música clásica, se quejó durante las DOS HORAS Y MEDIA que duró el concierto de que iban muy rápido. Vaya, qué irónico, yo jamás lo habría calificado como rápido.
De nuevo encontré formas de entretenerme. Me puse a leer el cuadernito que me entregaron a la entrada, y me dio mucha risa leer que el autor estaba furioso con Mel Gibson por haber hecho La Pasión del Cristo pues "nos recuerda lo mucho que nuestra sensibilidad artística moderna está entumecida por la literalidad." Qué cosas, y yo de insensible pensando que qué chistosos se veían los tres feligreses sentados frente a mí, con sus gorritos de judíos a media iglesia.
Se preguntarán ahora por qué, si ni Bach ni Mantra me gustaron, empecé esta entrada diciendo que la música me deleitó. Pues es cierto. Aunque lo que vienen siendo en sí las obras mismas no me gustaron, disfruté mucho los eventos y me prometí a mí misma hacerlo más seguido. Y ahora que sé que Jacinthus y Raymund lo realizan con frecuencia, qué mejor excusa para unirme a unas cuantas nuevas listas de mails, nomás para estar al tanto.

viernes, 7 de marzo de 2008

Convocatoria

A todas las interesadas, (o los interesados, en su caso), con especial atención a las primas Orraca que así lo solicitaron, se les informa que a partir del día de mañana se recibirán los catálogos de promoción. Esto con la finalidad de darle difusión a la familia o a las compañeras mexianas entre los estudiantes de la universidad. Solicito que los catálogos incluyan fotografías en distintos autfits, que van desde casual/ día de campo en chor hasta el traje de gala. A su discreción queda si quieren incluír la categoría traje de baño. No lo pongo como requisito obligatorio pues entiendo que en esta época del año (y en las otras épocas también) el abdomen tiende a estar todo menos plano. Así mismo, les pido que incluyan en el portafolio una breve descripción de sus intereses y habilidades como mujeres u hombres (léase, si saben bordar, cocinar, planchar, bailar belly dance u otras monerías). Es de vital importancia que me proporcionen las características que buscan en su potencial pareja, incluyendo rango de edad, estatus social, nacionalidad, color de pelo, signo zodiacal y otros atributos de no menor importancia como la calidad de su caligrafía o si se sacude los zapatos antes de entrar.
Se les recuerda que ésta última parte es la única que debe de ser verídica. Los avances tecnológicos permiten que el resto de la información pueda ser, si no una mentira, una interpretación de los hechos. Es decir, con tantos kilómetros de por medio y con fotoshop como nuestro aliado, los hombres de acá no tienen por qué enterarse de cosas como nuestra minúscula estatura o exceso de caderas. Es también de suma utilidad formar una alianza con el lenguaje, de forma tal que un "estoy obesa" se transforme en un "mi cuerpo posee una sana y atractiva redondez."
Siempre se ha dicho que la primera impresión es la más importante. Pues he aquí su oportunidad. Échenle ganitas, pero no se ofendan si la versión final es una adaptación a lo que ustedes me manden. Me reservo el derecho de editar la información o incluso a suprimir el exceso de ésta si lo considero necesario (por ejemplo, una fotografía poco favorecedora). Esto por el simple hecho de que, habiendo pasado mes y medio entre estos hombres, creo tener una vaga idea de lo que puede parecerles atractivo. Es por esta razón que me esperé hasta ahora para abrir la convocatoria. De esta manera me aseguro de difundir correctamente a l@s parientes o amig@s que así me lo han solicitado.
Por mi parte, me comprometo a proporcionar en el curso de los siguientes días el perfiles de los hombres en el catálogo, para que l@s interesad@s puedan empezar a familiarizarse con sus futuros. Quizá incluso me tome la libertad de sugerir de antemano las compatibilidades que creo más evidentes. Por el momento me voy a concentrar en la oferta masculina, ya que la demanda así lo exige. Pero si algún primo o amigo está interesado, por favor contácteme para hacer los arreglos necesarios. (Jaime, hermano, a tí te tengo considerado pues has sido uno de los más insistentes en este asunto. Descuida, hay varias opciones, te mando el catálogo por mail.)

jueves, 6 de marzo de 2008

Cultura de la información (cont'd)

Perdón por insistir. No es que se me estén acabando los temas, pero ¿cómo podría escribir sobre otra cosa cuando, mientras lo hago, estoy escuchando en la computadora a mi profesor? Mañana tengo mi primer examen, de World Poverty and Human Rights. Y en internet, en la página del curso, están todos los videos de las clases de este semestre. Así que pude haber faltado y ahora chutarme el curso entero en videos de alta calidad. ¿Qué daría por tener ese sistema en la UDLA, sobre todo en las clases de algún profesor francesillo por ahí, de nada mal ver?
La voz de mi profesor como fondo no es la única razón por la que hoy vuelvo a escribir sobre la cultura de la información. También porque hoy tuve varios choques culturales relacionados con el exceso informativo que predomina en este lugar.
Temprano en la mañana, al prender la computadora, me encontré con un mail del departamento de seguridad de la universidad. Con el Jesús en la boca, abrí el correo, temiendo lo peor. Pensé que se habían dado cuenta de que me robo manzanas cada noche en la cena para mis desayunos. Pero no, nada de eso. El motivo era confirmar si el día de ayer fui al gimnasio. Lo que sucedió es que fui a la clase de yoga y olvidé mi credencial en el cuarto, entonces dí mi número de estudiante y con eso entré. Para tomar la clase me hicieron firmar una forma en la que asumo completa responsabilidad si me da un paro cardiaco o me rompo el cuello en una actividad de alto riesgo, como es el yoga. Aja. Cabe señalar que ya había llenado esa forma cuando me suscribí, al inicio del semestre. Pero no podían correr el riesgo de dejarme entrar sin credencial y no tener la certeza de que hubiera asumido la responsabilidad. Freaks.
En fin, el mail que me mandaron era para asegurarse de que hubiera sido yo quien entró al gimnasio y no un intruso usando mi nombre y número de estudiante. Les contesté que sí, había entrado, y que por qué lo preguntaban. ¿Acaso había habido un acto de bandalismo o algo por el estilo? No, nomás estaban checando. Repito, FREAKS.
No fue mi único enfrentamiento con el lado obscuro de esta obsesión con la información. También lo sufrí porque se me ocurrió ir a abrir una cuenta en el banco. Los que me conocen no se asombrarán de saber que osé perder mi tarjeta de débito hace unos días. Mi sentido de desconfianza, entrenado arduamente durante 22 años de vivir en la Ciudad de México, me llevó a cancelarla prontamente, sobretodo considerando que el dinero de mi beca está en esa cuenta. El resultado es que ahora no tengo forma de obtener dinero y supuse que eventualmente eso me traería algunos problemillas.
Por cierto, quisiera destacar que al día siguiente de cancelar mi tarjeta, recibí otro de esos misteriosos mails en el que me informaban que habían encontrado mi tarjeta y podía pasar a recogerla. Yo no la reporté como perdida, simplemente alguien la encontró, averiguaron mi correo y amablemente me informaron de su paradero. Mis amigos, que me habían advertido que no la cancelara porque iba a aparecer, se burlaron de mí y me dijeron que ya es hora de que vaya dejando atrás el nopal. Yo, por mi parte, maldije mi falta de confianza en la gente.
Pero ya me desvié. El caso es que fui al banco a abrir la cuenta, y calculé que tardaría unos 20 minutos, máximo media hora. Llegué al banco a las 11:30, y tenía una conferencia (con comida incluída) a las 12. Veintitantas firmas más tarde, tras llenar hojas y hojas con mi dirección, nombre y aspiraciones en la vida, después de escoger cuatro contraseñas distintas para "maximizar el sistema de seguridad," luego de leer (o fingir que leía) una cantidad considerable de reglamentos, promesas y promociones, logré salir del banco. Era la 1. Pero eso sí: ya tenía no una, sino TRES cuentas bancarias, una chequera, una tarjeta de débito y la promesa de otra chequera (con cheques que dicen mi nombre!) y otras dos tarjetas, personalizadas con el diseño de mi elección, que en unos días llegarán por correo. Oh my. Y yo que nomás quería una cuentita simple. Nomás para poner mis humildes ahorros, poder ir al super y evitar que un día la policía me mande a mi mail una citación por robarme manzanas.
En fin. Me voy a estudiar para el examen. Mi plan es poner los videos toda la noche a ver si en mis sueños se me graba algo de lo que no estudié toda la semana por estar llenando formas en el banco y el gimnasio y recuperándome del susto que me metió la policía con su mail.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Cultura de la información

Una de las grandes diferencias entre México y Estados Unidos (o entre la UDLA y Harvard), tiene que ver con el acceso a la información. Ya lo había mencionado antes, pero hoy volvió a impresionarme. Qué tan buena sea la información, ahí sí ya no le sé decir, patrón. Pero de que hay de donde, hay de donde. Todo depende de que sepas buscar.
Me pasé casi toda la tarde en Widener, la biblioteca principal, buscando libros para mi proyecto de investigación. El tema es bastante específico, y al inicio de mi pesquisa pensé que no iba a encontrar tanto (lo cual me emocionaba porque eso querría decir que al menos la idea es original). Pero pamplinas. Para cuando me di cuenta ya tenía a mi lado un montón de libros lo suficientemente alto como para darme cuenta de que la sola idea de atravesar la universidad cargándolos era ridícula.
Hay dos opciones: o Widener es como la bilbioteca del cuento de Borges y te contiene todos los libros que se han escrito sobre el planeta, o mi tema no es original y tengo que escoger otro. Me inclino por la primera opción. Sí, Widener fue la inspiración de varios de los cuentos de Borges: laberintos, escaleras que se bifurcan, y salas y salas interminables de libros. Está clarísimo. Además, no pienso poner en duda mi originalidad, ni mucho menos escoger un nuevo tema de investigación.
El caso es que el paquete de libros sobrepasaba con anchas mis capacidades de transporte. Buscando una solución logística al problema, me dirigí a un bibliotecario. Es un hombre que ya me ubica porque hemos tenido varios momentos de tensión. Resulta que a mí se me ha complicado un poco agarrarle el hilo a lo que es la biblioteca. Muchas veces me surgen dudas sobre a dónde dirigirme o cómo manejar tal o cual cosa, y coincide con que él está en el escritorio de información. El mero hecho de que exista un escritorio de información ya para mí es señal de primermundismo, y he decidido aprovechar esta ventaja para aclarar todas mis dudas. Con esto, he logrado colmarle la paciencia al señor, y ahora cada vez que me acerco a su changarro, pone cara de falta de deseos de hablar conmigo.
No lo culpo, la verdad. Yo también estaría harta de alguien como yo. Pero no creo que lo llevaría a los extremos que él lo ha llevado de, literalmente, no hablarme. Ahora sólo responde a mis saludos con gesticulaciones de disgusto, y a mis preguntas con movimientos de cabeza o señalando con los dedos hacia la pared. Y sí, efectivamente, si obedezco esta señal me encuentro con la respuesta a mi pregunta en algún letrero pegado en la pared. Antes de preguntar sabía que, si buscaba, encontraría la respuesta escrita en algún lado. Pero hay algo en mi memoria o en mis genes que no me deja confiar en estas versiones. En mi experiencia, las instrucciones por escrito en México no son muy de fiar, y siempre hay que buscar el asesoramiento de un experto (que probablemente tampoco será de fiar). Pero así es en México, uno tiene que cerciorarse, tener dos versiones, por si las moscas.
Acá es lo contrario. Todo está escrito con perfecta claridad y la gente espera que uno se atenga a esos escritos, aprenda a vivir bajo su mandato. Y si preguntas algo que está escrito, la gente no te contestará sino que, con reproches en la mirada, te indicará que leas las instrucciones. Así fue como el hombre aquél me señaló hacia varios letreros para que averiguara con mis propios medios las opciones que tenía para con mis libros.
Fíjense qué maravilla lo que descubrí. En este ambiente de cultura de la información hay una enorme gama de facilidades para que los desinformados nos informemos. Una de estas facilidades son los Cart Holders: te prestan, durante el semestre, un escritorio con sus estantes, para que guardes ahí los libros que estás utilizando. ¡Vaya emoción que me ha causado este descubrimento! Feliz de la vida, me apresuré a transportar mi montón al nuevo escritorio, agarrando a mi paso libros al azar solamente por el gusto de que mis estantes fueran los más llenos del pasillo. Mientras los acomodaba, tarareaba alegremente hasta que mi nuevo vecino de escritorio me hizo saber, con un tosido incómodo, que es zona de silencio.
Pero ni estas hostilidades, ni la falta de cortesía del bibliotecario, empañaron la felicidad de saber que ahora tengo mi propio escritorio en Widener, lleno de libros que probablemente no voy a leer, pero que si quisiera podría.

Nuevo código de ética

Tendré que adoptar una nueva ética de protección a mis fuentes. Hasta ahora he escrito con total libertad en este blog, sabiendo que todos los mencionados no lo leerían. Pero en esta semana me enteré de tres personas que he conocido acá y que, por culpa del endemoniado feisbuc, ahora conocen mi blog y lo leen. Lo cual me llena de gozo, no crean que no. Pero también me incita a tomar precauciones porque no quiero estar ventilando los chismes e intimidades de mis nuevos amigos. Entonces de ahora en adelante, cambiaré los nombres de todos los personajes, a fin de proteger su identidad. O la mía, porque parece que ya me eché de cabeza con esto de Samy (de aquí en adelante le llamaré simplemente "mi canadiense"). He de confesar que también hay un elemento de practicidad en mi nueva estrategia, porque a decir verdad, no sé pronunciar (mucho menos escribir) el nombre de la mitad de mis conocencias.

martes, 4 de marzo de 2008

Una disculpa

Quiero usar la palabra para, antes que nada, pedirles una gran disculpa. He recibido algunos comentarios sobre mi falta de constancia en las últimas dos semanas. Y es verdad, tengo a mi pobre blog muy abandonado. Sucede que empiezo a entender a lo que se refieren con el título de "estudiante de tiempo completo." La cantidad de trabajo que proporcionan cuatro clases demanda que estudies, realmente, tiempo completo. Alto, dirán los conocedores, pero si tú no llevas 4 cursos, llevas 3. Cierto, dí de baja uno. Pero en mi defensa, la obsesción con suscribirme a todas las asociaciones y asistir a todas las conferencias impartidas en Boston, pues ocupa gran parte de mi tiempo. De todas formas, no quiero abandonar esto del blog. Y cuando alguien me reclama que hace mucho no escribo, hasta me siento bien de saber que lo leen. Así que reitero ante ustedes mi compromiso de seguir escribiendo.
Hoy fui a un seminario porque quería conocer a Amartya Sen. Para quienes lo ignoren, como yo hasta hace unas semanas, el señor es un economista muy famoso, ganador del Premio Nóbel de Economía en el 98. Resulta que escribió un libro, titulado "Development as Freedom," que estamos leyendo para mi clase de derechos humanos y pobreza. Ahora me agarró la manía de perseguir a los autores de los libros que leo. Como que me da un chorro de curiosidad saber qué cara tienen los que escriben. Y como al parecer todos dan clases aquí o vienen a dar pláticas, pues los puedo acosar como vil fan from hell.
Así la apliqué con Sen. Averigué que hoy vendría a la presentación de un proyecto de los estudiantes de doctorado, un evento cerrado al público. Pero con mis gracias convencí a la srita de que me dejara entrar. Aunque la verdad no sé ni para qué. Tuve, como siempre, buena suerte, porque el señor se sentó junto a mí. Pero me sentí un poco estúpida porque en realidad no tenía nada que decirle. Me pareció que empezar a hablarle de su libro era inoportuno (porque él estaba comiendo) y no muy agradable (porque lo hace con la boca abierta.) Entonces me limité a escuchar lo que él le decía a los demás. Y no cabe duda de que es un hombre muy inteligente. Digo, yo no entendí la mitad de lo que decía, pero de seguro eran cosas bien listas.
Al final le dije que fui al seminario para conocerlo, y que qué bueno que se sentó junto a mí. Muy amable, me invitó a que regrese dentro de dos semanas y me prometió volver a sentarse junto a mí. Así que si alguien tiene una buena pregunta para él, ahí les encargo que me la manden, porque siento que es un desperdicio no preguntarle nada, pero a mi no se me ocurre algo inteligente.