martes, 17 de junio de 2008

Guía de una Persona Ordinaria

Un par de personas me han comentado que está en sus planes venir a estudiar a Harvard en un futuro no muy lejano. Siento que es mi deber, como mínimo, darles una serie de recomendaciones, producto de la pequeña experiencia que estos casi cinco meses me han dejado. Así que me propongo hacer, por fin y en honor al nombre de este blog, una Guía de una Persona Ordinaria. Es una especie de recopilación de las lecciones que, por las buenas y las malas, he tenido que aprender. Va a ser una guía práctica, que me habría servido de mucho hace unos meses cuando llegué, y que espero que les sirva a los que vengan tras de mí. O, de menos, para que los que no planean venir se entretengan.

La guía tendrá algunos objetivos generales. Los más importantes son: mantener el estilo a toda costa, mantener altos índices de popularidad, aparentar que encajas a la perfección en el mundo académico, sobrevivir un semestre entre alumnos de doctorado y, por supuesto, mantener a flote tus finanzas en un mundo en el que subirte al metro cuesta veinte pesos.
Los consejos se dividirán en varias secciones, en distitnas entradas al blog. No porque mi vida actualmente sea ligeramente aburrida y no tenga nada más de qué escribir, sino porque así es más emocionante. Twick.
También los invito a que me envíen sus preguntas sobre asuntos específicos, no porque me hagan falta temas para escribir, debido a una rutina monótona como asistente de investigación, sino porque así es más dinámico. Twick twick.

sábado, 7 de junio de 2008

Mi graduación

¿Quién hubiera dicho que tendría la suerte de participar en la ceremonia de graduación de Harvard 2008? Y, lo que es más, ¡que pasaría a formar parte de la sociedad de exalumnos de la universidad!
La celebración se llevó a cabo el jueves, en el patio central de Harvard, en medio de una llovizna y un frío desafortunados y sorpresivos, ya que dos días antes estábamos a 30 grados. Mis motivos para asistir a la ceremonia fueron varios. Por un lado, pus nomás de chismosa para ver el tan anunciado chow, pasearme entre gente en togas y gorritos chistosos, y para sentir en carne viva la ñoñez de 3 mil estudiantes concentrada en el aire del jardín. Por el otro, porque la oradora principal era J.K. Rowling, la mismísima escritora de Harry Potter, y ahora sí que me dio curiosidad ver qué nos platicaba. Con todo y que sus libros me gustan mucho, no me esperé un discurso tan bueno. Pero vámonos por partes.
Llegué con Jane y, con toda tranquilidad, nos formamos para entrar. Después de varios minutos de avanzar y ya a pocos metros de la entrada, una srita bastante descortés nos indicó que debíamos apartarnos de la zona. Aparentemente no era la fila para entrar, sino que estábamos siendo partícipes, sin saberlo, del desfile de exalumnos. A juzgar por el estado físico de los hombres y mujeres que nos rodeaban, calculo que nos encontrábamos entre una generación de por ahí de los sesenta, si no es que anterior. Ahora que reflexiono no sé cómo no notamos antes Jane y yo los carteles y banderas que sostenían las personas a nuestro alrededor, y que vistos desde afuera eran muestra clara de que aquello era una procesión organizada. Molestas por la falta de discreción de la señorita, que con su elevado tono de voz y su mano apuntándonos hizo favor de evidenciar nuestro error ante todos los presentes, Jane y yo tuvimos que salir de la fila y buscar otra forma de entrar.
Lo que yo no había calculado era que el evento requería boletos que, extrañamente, no estaban en nuestra posesión. Qué calumnia. Pero el ángel azteca no me deja sola y mi mexicanez estaría ahí para salvarme. Ricardo me llamó en ese momento para darme instrucciones sobre cómo colarnos por un pasadizo secreto. No sólo eso sino que él y Mara ya habían apañado cuatro asientos, cómodos y bien ubicados. Como debe de ser. Así que me senté, tranquila, a ver el desfile del que anteriormente fui parte y a presenciar cómo los otros perdedores con boleto en mano, se peleaban por encontrar lugar.
Desde nuestro palco observamos toda la parafernalia: los pronto-a-ser-graduados vestidos en túnicas y gorritos simpáticos y rodeados de todas sus familias, la banda estudiantil poniendo el ambiente con música de marchas, banderas ondeando y escurriendo a los desdichados que estaban abajo de ellas... Había también ciertos personajes folclóricos, cuyas togas no sé si significaban un estatus especial en la academia, o estaban disfrazados de algún personaje de Harry Potter.
Cuando al fin terminó el eterno desfile, empezaron los discursos. El primero en hablar fue el presidente de la asociación de exalumnos de Harvard. Para este punto yo ya estaba bastante aburrida y las palabras del susodicho me parecían irrelevantes. Pero a medio discurso, Mara hizo un comentario que cambió por completo la situación. Me dijo que ella y yo ese día también dejábamos de ser alumnas de Harvard oficialmente y, según ella, inmediatamente pasamos a ser parte de esta asociación.
¡Válgame Dios! ¡Pero qué descubrimiento! ¿Se dan cuenta de lo que eso implicaba? ¡Implicaba que la fiesta era también mía, yo también me estaba graduando! Tal fue mi emoción que estuve a punto de levantarme de mi lugar y pasar a sentarme con mis colegas, el resto de los graduados. Recapacité sólo porque me habría sentido muy fuera de lugar sin mi capa y mi sombrero. Pero a partir de entonces puse mucha atención porque quería saber todo sobre mi nueva asociación. y sobre los hermosos deseos que todos tenían para nosotros, la nueva generación de graduados de Harvard. Miento. Me perdí algunos detalles de los discursos, pero sólo porque estaba imaginándome a mí misma en unos años, cuando regrese como exalumna y ninguna señorita me pueda sacar de la fila así nomás. Después habló la presidenta, Drew Faust, quien dio una especie de Informe Presidencial sobre lo que hacen con los 35 millones de dólares del endowment, o las ganancias. Es sólo justo que nos rinda cuentas a nosotros, los alumnos, quienes somos alma y motor de la universidad.
Además de la falta del autfit correspondiente, la otra cuestión que amenazaba la autenticidad de mi estatus como graduada de Harvard era mi falta de conocimiento del himno institucional. Pero no se preocupen, soy bien buena en mover la boca, y de vez en cuando el resto del cuerpo, con entusiasmo al ritmo de la música y fingir como que conozco la letra, entonces no creo que nadie se haya dado cuenta. Sólo tal vez Jane, que estaba a mi lado y sí noté que me miraba de reojo, extrañada, y que disimuladamente se alejaba poco a poco de mí.
Finalmente, llegó lo que todos esperábamos, el discurso de J.K. Rowling. Como ya lo dije, me gustó mucho. Me atrevo a decir que es uno de los mejores que he escuchado en este tipo de eventos. Y no lo digo sólo porque haya sido mi graduación. En verdad fue bueno.
Fue una mezcla perfecta entre humor y seriedad, modestia y experiencia. Habló sobre dos cosas, principalmente: el fracaso y la imaginación. Sobre el fracaso dijo que es hay que evitar tenerle miedo, porque no es tan malo: el fracaso nos aleja de todo aquello que no es esencial. Calculó que, probablemente, la mayoría de los graduados jamás lo había enfrentado en realidad, porque lo que uno de ellos considera fracaso, muchas veces es un éxito para otras personas. Pero aclaró que tener la humildad de aceptar que la vida no está bajo el control de nadie y que todos, alguna vez, nos enfrentaremos al fracaso, es una de las cosas más valiosas. "El fracaso es inevitable, a menos de que vivas tan cuidadosamente que, para eso, mejor no hubieras vivido, en cuyo caso, fracasas por default."
También deseó que todos tengamos siempre imaginación. Y no para escribir libros o contar historias (o no sólo para esto). Sino porque la imaginación, según ella, es lo único que nos permite empatizar con otros, aunque no compartamos su experiencia. Podemos evadir esta imaginación, elegir no saber. Pero para ella, "la gente que voluntariamente esquiva la imaginación, acaba por ver más monstruos." La imaginación nos lleva a situarnos en la posición de otros, a entender que el mundo tal cual no está bien diseñado, y nos permite imaginar un mundo mejor.
Cerró diciendo que todos tocamos la vida de otros, simplemente por el hecho de existir. ¿Pero cuánto más somos capaces de tocar? Ser estudiante de Harvard, por ser un privilegio, presenta más responsabilidades al responder a esa pregunta.
Al final, aplausos por doquier. Y en un abrir y cerrar de ojos, Mara y Ricardo me arrancaron mi fantasía de ser graduada de Harvard y me regresaron a la cruda realidad, en la que, por ser una vil mexicana estudiante de licenciatura sin VISA para trabajar, mi misión en ese momento era encontrar un lugar barato para comer.

martes, 3 de junio de 2008

Calidad de Vida

La mera estampa de Jane, que construí durante cuatro meses de conocerla, me fue suficiente para asumir que el señor y la señora Newbold serían dos criaturas dignas de observarse. Mi idea se vio fortalecida cuando Jane me dijo que se llamaban Max y Dave. Por un momento, pensé que tenía dos papás, y se me hizo raro porque el matrimonio homosexual no existía hace 20 años. En tono dudoso le pregunté a mi amiga que cuál era la mamá, y me dijo que Max, cuyo nombre real es Maxime. Tiene sentido.
Contrario a lo que todos pensamos, Dave es bastante normal. Trabaja no entiendo muy bien en qué, pero desde su casa, por teléfono y en la computadora. Me cae muy bien, es rete amable y platicador, y siempre me pregunta sobre México: ya le canté unos narcocorridos y le hice una imitación de los vendedores ambulantes en el metro. Primero intenté traducir la jerga metrista al inglés, pero evidentemente es imposible, así que acabé haciéndolo en español. Luego le expliqué más o menos cómo funcionan los vendedores ambulantes, y el señor no podía creer que mi mamá no llame a la policía para que se lleve a la señora del puesto de carnitas que se planta enfrente de su taquería.
Jane se parece más a Max, aunque ella es como de mi estatura. Bueno, exageré, es más alta, pero no me explico cómo parió a una hija de tan gran tamaño. Max es maestra de matemáticas y ciencia en sexto de primaria en una escuela pública. El otro día la fuimos a recoger y me quedé impactada: ya quisiera yo haber estudiado en un lugar así, mejor equipada que la mayoría de las escuelas privadas que conozco en México. Max dice que está mejor que muchas otras escuelas públicas en Boston porque está en los suburbios, en donde vive más gente con dinero. Pero aún así hay varios alumnos que vienen de Boston, hijos de migrantes y de clases socioeconómicas bajas. Ayer estaba muy contenta porque utilizó monedas para hacer unos experimentos ¡y nadie se robó ninguna! Me platicó que el año pasado tenía "un problemilla de robo" en su salón.
Aparte de sus clases, Max tiene dos pasiones: las caminatas después de cenar, y arreglar el jardín. Todas las tardes se apura a cenar, para acabar antes que todos y correr hacia sus plantas. Yo antes pensaba que lo que hacía era podarlas y cuidarlas, pero hoy vi que no. Sucedió que salí a correr por la mañana y al regresar, me encontré con seis individuos en el jardín de la casa. Dave me explicó que eran los "paisajistas." En mi rancho se llaman jardineros, pues, pero al final sale lo mismo. El caso es que no entiendo bien qué es lo que Max hace con sus plantas pero es feliz paséandose entre ellas, con su sombrero de paja. Luego regresa a la mesa, se para junto a Dave y le dice "ok, I am ready for my walk now," y los dos salen a pasear.
A veces Jane y yo vamos con ellos. Ayer, por ejemplo, me llevaron a un parque increíble. Chéquense lo que es el primer mundo. Hace algunos años, las autoridades de Boston decidieron que las calles ocupaban demasiado espacio, así que decidieron hacer caminos subterráneos. Aprovechando la obra, utilizaron toda la tierra de las excavaciones para cubrir una zona que antes era el basurero de la ciudad. Cubrieron el lugar con toneladas de tierra, sembraron pastito y árboles, y ahora es una colina preciosa, rodeada de árboles, con canchas de soccer y béisbol, pistas de atletismo y ciclismo y con vista al río Charles. Y todo esto está a diez minutos del centro de la ciudad.
Estas son el tipo de cosas que me impactan sobre el nivel de vida Boston: Que un lunes a las 7 de la noche puedas encontrar familias enteras jugando futbol o andando en bicicleta, en una montaña hermosa rodeada de un bosque y un río, a diez minutos del centro de la ciudad, en lo que antes era un tiradero de basura... Claro que nada se compara con Chapul, ni mucho menos con Xochimilco. A mí que me digan lo que quieran, pero no me engañan, porque en el río Charles yo no veo chalupas con nombres de mujer y cancioneros. Y en Boston, para ver a los mamímeros marinos, uno tiene que salir al mar. En cambio allá, en los buenos tiempos, las autoridades mexicanas nos llevaron los manatís a casa: a las mismísimas aguas de los canales de Xochimilco. Eso, señores, es lo que yo llamo calidad de vida.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Nuevos aposentos

Les escribo, queridos usuarios, desde mis nuevos aposentos: un finísimo cuarto-estudio, con baño, sala de estar y cama matrimonial para mí solita. El hermano de Jane no va a estar en verano y su zona de la casa ha pasado a ser mía durante estas semanas. La casa está en las afueras de Boston, en un suburbio que supongo que es igual que todos los demás. Pero está bien lindo, y la casa también, además tienen una gatita hermosa con quien inmediatamente entablé amistad y ahora está echada aquí junto a mí.

Llegar acá fue un poco conflictivo, por ponerlo así. Quedé de venir temprano para ayudarle a Jane a cocinar, pero me fue imposible por diversos sucesos. En realidad, fue por torpezas y distracciones del tipo que tanto se me dan. Primero perdí el tren que había planeado tomar, porque como siempre llegué tarde a donde tenía que llegar. Luego, ya tenía boleto y todo, y el siguiente tren salía media hora después, pero me las ingenié para perderlo también. Lo que ocurrió fue que, ¿por qué no? me subí a un tren que no era el mío. Ya ven, esa alma aventurera que tengo. ¿Para qué averiguar a cuál tren debes de subirte cuando puedes abordar cualquiera y ver a dónde llegas? Supongo que algo así fue la deducción de mi subconciente, que me llevó a sentarme en un andén cualquiera a leer y luego treparme al tren que llegó a la hora que yo calculé que el mío iba a llegar. De menos que me dí cuenta a tiempo, antes de que la máquina arrancara, y me bajé apresuradamente. Pero para entonces, el otro tren ya se había ido, y tuve que esperar, de nuevo, media hora.
Finalmente llegué, cenamos todos juntos, y me dí cuenta de cuánto extrañaba sentarme a comer con una mamá y un papá, aunque no sean los míos, y vivir en una casa real, con libros, muebles, jardín y un gato.

Al día siguiente volví a Child Hall, a recoger mis cosas y despedirme de mis no-amigos. No niego que fue triste dejar atrás mi cuarto de dos metros cuadrados, en el pasillo obscuro y solitario del segundo piso del edificio. No niego que va a ser raro ya no vivir en Cambridge, ya no dormir rodeada de chinos y ya no tener que recorrer dos pasillos semiencuerada cada vez que salgo de bañarme. Lo que menos niego de todo es que va a ser terrible tener que pagar los 13 dólares diarios que cuesta ir y venir de casa de Jane a Harvard (o los 180 que cuesta el pase mensual). Sí, querido Child Hall, te extrañaré.
Peeero, vivir en las afueras tiene sus beneficios. En primer lugar la zona está hermosa, llena de lagos y árboles y flores. Además, el transporte no está mal, porque los trenes tienen dos pisos y mesitas como de avión y van tan lento como si esto fuera el tercer mundo, así que puedo leer sin marearme y subrayar sin que se me vaya chueca la línea.
Y lo mejor creo que van a ser los encuentros casuales con personajes interesantes. Algo tiene South Station, de donde salen los trenes a los suburbios, que atrae a los viejecillos peculiares. La primera vez que fui, me persiguió uno de ellos que me confundió con una Melany y gritaba mi supuesto nombre, persigiuiéndome y diciendo que si tuviera cincuenta años menos me ligaría. Y hoy en la mañana me encontré con un viejito inglés que me pidió instrucciones para llegar a Park Street. Lo curioso fue que venía escuchando rock en sus audífonos, todo rebelde, y no se los quitaba por nada, entonces gritaba todo lo que decía. El señor estaba bien indignado con el diseño de la ciudad porque no podía creer lo complicado que era llegar a una calle. "Sólo quiero llegar a Park Street," gritaba, "and this goddamn city is shit." Lles lles míster, pero baja la voz nomás tantito porque los gringos luego se enojan.

Total que el tren no está tan mal. Jane se transporta en bicicleta, pero debido a experiencias previas sé que no es algo que me convenga. Por mi bienestar físico es mejor que permanezca lo más posible con los dos pies en el piso. De por sí mis rodillas ya están bastante dañadas por aquel ligero percance bajando las escaleras hace unas semanas como para todavía decorarlas más. Sobretodo en esta temporada en la que la falda corta y el chor vienen siendo la moda primaveral y pus uno con sus costras y cicatrices no va a llegar muy lejos en el arte del buen ver.

martes, 27 de mayo de 2008

Nueva etapa

Fíjense que esto de las vacaciones me ha salido más entretenido de lo que pensé. Tengo un galán indio, Dru, que ha decidido que quiere hacer que me guste mucho Boston, entonces se dedica a pasearme por la ciudad y sus alrededores. Por supuesto que me hago del rogar, y no le he dicho que yo me enamoré del lugar desde el día que llegué. Mejor lo dejo que me convenza.
Primero le dije que extrañaba la naturaleza, y me quiso enseñar la de Boston, entonces fuimos a la megapantalla Imax a ver ballenas y delfines en tercera dimensión. Luego le dije que estaba bien padre, pero que eso no era la naturaleza de Boston. ¡Entonces fuimos a ver a las ballenas diadeveras! Te trepas a un barquito y navegas por unas horas, y luego de pronto estás rodeada de ballenas de 4 tipos. Increíblemente hermoso. ¡Me tocó ver a una ballena jorobada con su pequeña cría! Yo estaba encantada, verdaderamente. El otro día fuimos a ver a The Blue Man Group, un espectáculo de arte, música y comedia, bien famoso en estos lugares. Y hasta me llevó a un mall en un pueblo vecino, atascado de ofertas. Lo malo fue que no pude comprar casi nada, porque con esto de que me quedo en verano sin salario, y además los apáticos de Harvard ya no organizan conferencias, se nos viene la crisis encima y hay que ahorrar. No obstante, el próximo fin de semana a lo mejor vamos a pueblear a los alrededores, lo cual puede estar bien divertido.
Dru es adicto a la tecnología, entonces es como un boy scout sofisticado, con una cantidad ridícula de aparatitos para ubicarse en el coche, para medir distancias, para saber cuándo hay minas de oro en la cercanía, etcétera. Aparte es un poco obsesivito con la prevención y el control, entonces sus planes son todos calculados y elaborados. Yo nomás me dejo fluir, como quién diría, y de pronto aparezco en lugares increíbles como en un barquito viendo ballenitas.
Pero ahora, las vacaciones terminaron y mañana empieza una nueva vida para mí. ¡Qué emocionante! Voy a empezar a trabajar y tengo mi primera junta con el profesor para que me explique qué voy a estar haciendo durante las siguientes semanas. En la noche iré a cenar a mi futura casa con mis nuevos anfitriones. Estaré viviendo con mi amiga Jane y sus papás, que amablemente han aceptado alojarme en su hogar, en los suburbios de Boston. Me dan tantitos nervios, porque no sé cómo funcionen las cosas entre las familias gringas. Aunque si los papás de Jane son la mitad de peculiares que su pequeña, me espera un verano bastante interesante. Y, lo que es mejor, voy a tener muchas cosas que contarles.

jueves, 22 de mayo de 2008

Vacacionando

Después de todo, esto de estar de vacaciones no está tan mal. Ayer, mi primer día sin pendientes escolares, fue uno de los mejores desde que llegué. Fue uno de esos días en los que te queda claro que el Karma, de alguna manera, funciona en la vida.
Estaba yo comiendo cuando llegó un compañerito georgiano, todo angustiado, pálido y jalándose los tres pelos que tiene, porque había perdido la versión final de un trabajo, en su computadora. Quería llevarla con los técnicos, pero sólo aceptan a los alumos de la esucuela de artes y ciencias, y él estudia en la de educación. Como yo estaba de ociosa, y lo ví al borde del paro cardiaco, le ofrecí que lleváramos su computadora y dijéramos que era mía. Fue así que recuperó el archivo y estaba tan agradecido que me deseó "que mi día estuviera lleno de felicidad."
Dicho y hecho, de ahí me fui a la biblioteca a pagar una deuda de Mara, porque ella se fue y ora sí que me dejó el changarro. Y que llego con la srita del cajero y que le digo que venía a pagar la deuda de mi amiga y que me dice "No guerita", me dice, "no te preocupes. Ya te la borré." Y que le digo "¿Ansí nomas diagrapa?" Sí, nomás de a gratis me la perdonó. Y digo, eran seis dólares, pon tú que no es tanto. Pero ahí no acabó la felicidad.
Como estoy tan fuerte y soy bien atlética, quedé de ayudarle a Edgar a cargar sus cajas a la bodega. Edgar menospreció mi fuerza bruta y, por si acaso, llamó también a Alejandro. Y entonces mi función en la mudanza se redujo a que, mientras Alejandro cargaba y Edgar empacaba, yo me asomaba a las cajas de objetos abandonados por otros cohabitantes, buscando algo qué rescatar. Y salió bien, porque encontré un par de cosillas y díjeme, "¿Pero de qué o por qué abandonar esta vajilla, tan bonita que está?" Y así, repartí algunos objetos útiles entre la banda.
Después, Alejandro se tuvo que ir a researchear y Edgar y yo, los dos de ociosos, intentamos ir al cine. La última función era a las 10, y ya eran las 10, pero daba igual. Llamamos un taxi, que llegó 15 minutos después, pero daba igual. Llegamos al cine y quisimos entrar a ver cual-que-fuese la película, ¡y resulta que no nos dejaron entrar! La señortita estaba francamente sorprendida de que quisiéramos entrar a las 10:30 a la película de las 10. Y le decíamos "Pero srita, ¡los quince minutos de cortos!" No le importó y no hubo cine.
Como alternativa, fuimos a la biblioteca a sacar una película. Y en las instalaciones silenciosas, entre alumnos arduamente concentrados, nos dio el primer ataque de risa. Sucedía que a Edgar le gruñía la panza bien fuerte y el monito que estaba junto a nosotros buscando películas nomás trataba de hacerse el que no escuchaba los ruidos todos evidentes.
Saliendo de ahí quedaba claro que teníamos que ir a buscar comida, entonces recorrimos la mitad de Cambridge buscando un super abierto 24 horas. En realidad Edgar me llevaba de un lugar a otro jurándome que estaba segurísimo de que el siguiente sí iba a estar abierto. "Por esta que sí abren", me decía el muy canijo.
Total que a la una de la mañana empezamos a ver la película, que estaba bien chafa, la quitamos y nos pusimos a ver videos de you tube. Y ahí, perdimos: acabamos tirados en el piso (literal) de la risa. Me reí como hacía semanas que no me reía.
En resúmen, esto de las vacaciones me gusta. Aunque también me estoy volviendo bien ociosa. Por ejemplo, hoy decidí cocinar comida mexicana (quesadillas) para los vecinos. En agradecimiento, me dieron vinito. Y es de esas veces que es todo absurdo, porque ahora estoy toda enfiestada pero la fiesta acabó hace años y estoy sola en el cuarto, escribiendo en mi blog. Así que, para como veo las cosas, prepárense para que escriba una o dos veces al día, a falta de otras cosas que hacer.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Planes de verano

Al fin terminé. Ayer tuve mi único y por lo tanto último examen. Y pues ya, Dios dirá. Lo bueno es que la asistente del profesor (lo que viene siendo la Teaching Assistant o ti ei por sus siglas en inglés), es venezolana y ya la convencí de la importancia del compatriotismo entre latinos. No se crean amiguis, es broma, aquí esas cosas no pasan.
El caso es que acabé. A diferencia de todos los demás que terminaron, no me sentí contenta. Al contrario, me dio tristeza saber que ya no soy alumna en Harvard. Tan agradable que fue... Pero ahora sí que ya se me cayó el teatrito, con todo y sus conferencias. Además, como ya acabaron clases y exámenes, mis nuevos amiguitos están emigrando a diversas partes del mundo a hacer research (claramente) durante el verano.
Ayer fui con los del piso de abajo a un bar, de despedida, y resultó que irónicamente conocí a un nuevo vecino: un alemán, que mide como tres veces mi estatura (si se acuerdan bien de mí recordarán que esto no es tanto). Ya sabía de su existencia, pero nunca habíamos platicado, y ayer inauguramos oficialmente nuestra amistad. Al igual que yo, tiene 22 años y se siente desubicado entre puros compañeros cercanos a los treinta, arduamente enfocados en su doctorado.
Después del bar, el alemán y yo inistimos en seguir la fiesta. Como ya era tarde (¡las 11 de la noche!) muchos se rindieron, pero logramos convencer a tres valientes, que nos acompañaron al siguiente bar. Pero ellos tres sólo se sentaron mientras el alemán y yo nos emborrachábamos con cerveza. Bueno, yo me emborrachaba, él no porque es alemán y está bien grande. La noche terminó en la sala común de su piso, tomando más cerveza y burlándonos de todos los vecinos. Fue mi nuevo mejor amigo en Harvard, pero fue una amistad fugaz, porque él mañana parte para no volver.
En fin, terminó el semestre. Y decidí que aún no es tiempo de regresar a México. No porque no extrañe, queridos todos, sino porque ya que estoy en esto, más me vale aprovechar el viajecito y ver qué se cocina por estas tierras en verano. Mi plan original, como les platiqué hace unos días, era irme a África. Y ya se me había armado el plan, me llevaban de research assistant (por supuesto) a Sudán, a ayudar a una profesora en una investigación. Pero los rebeldes de Darfur atacaron los cuarteles de la ONG- así que ya no hay proyecto, de momento.
Plan B: quedarme en Harvard. Voy a estar trabajando de research assistant (¿qué otra?) con un profesor, en la Escuela de Salud Pública. Que me acabo de enterar, y les comparto, que no viene siendo lo mismo que la Escuela de Medicina. Ahí estaré este verano, y viviendo en casa de Jane mi amiga que amablemente me ofreció posada. Y esta es la prueba de que Dios provee, porque como mi Visa de estudiante se vence proximamente, paso a ser un turista cualquiera y recibir compensación monetaria por cualquier servicio pasa a ser ilegal. Por tanto, no tener que pagar renta resulta bastante conveniente.
Por ahora, es el plan. Sé que no suena tan divertido, pero lo bueno de que no haya contrato, es que ora si que si no me hallo, pus me voy pa mi rancho.