viernes, 5 de junio de 2009

Perteneciendo al mundo académico

Decía que la clave para llevar la fiesta en paz durante el proceso de ‘escritura de tesis’ es pretender que perteneces al mundo académico. A continuación, una serie de consejos prácticos que te permitirán jactarte de ser un researcher y, como tal, permanecer en las instalaciones de la UDLAP por tiempo indefinido.

1) Lee un par de artículos y hojea algún libro para identificar dos cosas: 1) el lenguaje dominguero y sofisticado que usan los eruditos en tu tema y 2) las vacas sagradas, aquellos legendarios políticos, escritores o investigadores que han hecho historia en tu área de estudio. Cítalos de vez en cuando y nadie pondrá en duda la veracidad de tus estudios.
2) Adiestra el lenguaje académico para utilizarlo en las conversaciones cotidianas y que la gente crea que eres culto. (Para decir "Me cae que eso que dijistes te lo sacastes de la manga," es mejor preguntar: "¿Exactamente en qué información está basado ese argumento?")
3) Con tu asesor la cosa puede complicarse cuando note que continuamente repites las mismas cuatro citas. Si esto ocurre, busca algo que él/ella haya escrito sobre el tema, y cítalo. Cucharada de tu propio chocolate, dirían los instruidos. Se pondrá tan feliz de que alguien lea su trabajo que olvidará cuestionarte sobre el tuyo.
4) Cualquier respuesta relacionada con tu actividad como investigador es perfectamente válida para cualquier pregunta. “¿Por qué duermes 11 horas al día?” pregunta la mamá. “Es necesario para la investigación”. “¿Por qué subiste tres kilos en una semana?”, cuestiona la amiga. “De acuerdo con (inserta nombre de vaca sagrada) la masa corporal es directamente proporcional al nivel de actividad neuronal”, respondes sin titubear. “¿Por qué no has entregado el primer capítulo?” pregunta el asesor. “Estoy desarrollando un marco teórico conceptual, cuya esencia se vería en peligro si lo plasmara anticipadamente en papel”.
5) En tus respuestas jamás digas “lo haré mañana”, porque implica a) admitir que ya debiste haberlo hecho y b) comprometerte a hacerlo mañana. La respuesta adecuada explica que la tarea no se ha hecho porque aún no es momento, y deja abierto un amplio marco temporal para cuando dicho momento llegue.
6) Crea una firma electrónica que consista en tu nombre, tu puesto y tus teléfonos. No te preocupes si no tienes puesto: autodenomínate como te parezca adecuado.
7) La utilización de las iniciales al escribir es una constante en el mundo de los ilustrados. Aprende los acrónimos importantes en tu área y crea los tuyos propios. Si no logras inventar ningún concepto innovador para el cual puedas aplicar un acrónimo, no te angusties, se vale crear acrónimos para conceptos existentes. No te limites al ámbito profesional. Puedes hacerlo en tus conversaciones por Messenger, por ejemplo: TMT (tengo mucho trabajo). ¿QHM si TMT? (¿qué haces en Messenger si tienes mucho trabajo?). MEP (me encuentro procrastinando).
Si aplicas los conocimientos propuestos en mis últimas tres columnas, tendrás garantizados otro par de semestres de cómoda vida estudiantil. Eventualmente, habrá que sentarse a escribir la tesis. Pero tú tranquila, damita, caballero, que todo a su tiempo. Por ahora, relájate y sigue disfrutando.

jueves, 7 de mayo de 2009

Research y procrastinamiento

En mi columna pasada hablaba sobre el problema que enfrentamos los alumnos udlescos cuando, tras una vida de paz, comprensión y tolerancia, de pronto resulta que hay que escribir tesis. Como decía, no es ni necesario ni conveniente, por no mencionar que no es moral ni legal, comprarla. Teniendo ciertas estrategias a la mano la escritura de la tesis puede resultar una experiencia casi tan relajante como el resto de la licenciatura. Para esto, hablaba de dos conceptos importantísimos: research y procrastinar.

Research se refiere, como podrán imaginar, a la investigación académica. En la jerga universitaria el término tiene connotaciones distintas a las que en la UDLAP estamos acostumbrados. Sucede que en algunas universidades la investigación es el pan cada día. Tanto maestros como alumnos dedican jornadas enteras a hacerse elevadas preguntas y responder con réplicas a la altura. Luego, los académicos publican sus papers en alguna revista especializada o los presentan en conferencias ante la congregación de expertos. Esta actividad, por ajena que nos parezca desde los verdes campos y alegres bares de Cholula, es bastante bien vista en la comunidad de eruditos. Si se siguen las reglas al pie, la research no sólo es fuente de ingresos y causante de la admiración del resto del gremio de los sabios, sino que además provee al estudiante en cuestión con una herramienta básica: la razón de ser.

Cuando alguien se consagra como resercher, su existencia académica queda justificada y nadie cuestionará su eterna estancia en la universidad. Si lo que queremos es prolongar nuestra época de estudiantes la tesis presenta la oportunidad perfecta. Todo lo que debemos hacer es desarrollar una investigación sobre un tema relevante, o convencer al resto del mundo de que eso estamos haciendo. Una vez que nuestros profesores, nuestros padres y patrocinadores, y cualquier otro actor relevante, queden convencidos de que estamos haciendo investigación, lo demás es fácil y podemos pasar al segundo concepto: procrastinar.

Procrastinar significa posponer. Que más que nada vendría siendo lo que la sabiduría popular denomina “dejar para mañana lo que puedes hacer hoy”. En condiciones normales esta actitud puede acarrear miradas, comentarios o acciones desaprobatorias por parte de actores externos (“Si no te gradúas en este, tu décimo sexto semestre, dejaré de pagar la colegiatura”, dice un padre irracional). La cosa cambia cuando el mundo está convencido de que eres un researcher, pues todos tus actos procrastinatorios pasarán desapercibidos.

La siguiente semana hablaré sobre cómo poner en práctica la estrategia del estudiante investigador. Por ahora basta con que repitas en voz alta las siguientes premisas, básicas de todo académico comprometido.
1) Hacer research es un trabajo real
2) Nunca quiero dejar la universidad. Cuando acabe mi licenciatura, haré maestría, doctorado, y después post-doctorado. Si algún día, Diosnoloquiera, me tengo que graduar, seré profesor. Y jamás dejaré de hacer research, y cuando muera mi asesor heredaré su lugar y seré la luz y guía de mis asesorados

Aprehender estas proposiciones será tu llave para el mundo de la simulación erudita y, por lo tanto, la extensión de tu visa de estudiante durante un par de semestres adicionales.

martes, 7 de abril de 2009

Academias y tesis

Una de las cosas que se me olvidan es que la vida udlesca es o pretende o debiera ser también vida académica. Entre kermeses con chela e inflables a medio semestre, desfiles de moda diarios, placenterísimos conciertos de reguetón, y demás actividades cotidianas de la Universidad, es fácil perder la ubicación. Si a esto le sumamos que dentro del campus te trabajan su playa, su lago con sus patos, y su salón de videojuegos, resulta casi imposible querer comportarse como académicos. Definitivamente a esto se debe la pereza con la que varios asistimos a clases o la falta de entusiasmo a la hora de participar, hacer tareas o investigar ligeramente más a profundidad el tema que vimos en el salón.

Los profes piden demasiado. ¿Cómo quieren que uno tome notas cuando en la banca de al lado está sentado un pavo real? Me distrae mucho. Encima quieren que leamos diez páginas a la semana, a veces 15, por cada materia. No consideran que en el trayecto del campus a la casa se nos atraviesan en promedio 12 bares de puerta abierta, música deleitable y, en especial, precios accesibles para el estudiantado, y nomás sentimos como que nos jalan las patitas hacia ellos.

Pero eso sí, de repente va uno en octavo (o décimo o doceavo) semestre y tiene uno que escribir una tesis y no sabe uno ni a quién encajarle las uñas de la desesperación. Y entonces maldecimos el momento en el que optamos por el campus de los patos y no el de algún otro animal en el que este trabajito no fuera requerimiento. La reacción instintiva de varios es recurrir a un mecanismo que conocemos bien: el mercado. Ante mi incapacidad, o más posiblemente mi falta de apetencia, para realizar la investigación, utilizaré el dinero de mis padres para contratar a un tercero que, sin duda, lo hará mejor que yo.

Sin embargo no obstante, comprar la tesis quizá no sea tan buena idea. No lo digo por la parte de la deshonestidad y la ilegalidad. Tampoco porque la crisis económica nos traiga apretados del pescuezo. Mucho menos lo sugiero porque podamos dejar de aprender algo que quizá tenga sentido que aprendamos. Estos tres factores son relevantes, pero estamos olvidando el más importante: la rapidez del proceso de compra de la tesis implica que en poco tiempo tenemos en manos un título de licenciado, con nuestro nombre al lado, y entonces sí habrá que buscar un trabajo que nos tomará mucho tiempo. Osea que se nos cayó el teatrito.

No se preocupen, señores usuarios, que como dicen los que saben todo tiene solución. Es cuestión de saberle a la maña para lograr que tras una licenciatura de tranquilidad nuestro enfrentamiento con la tesis se traduzca en más semestres de total relajación. Hay soluciones alternas que permiten continuar usufructuando de los beneficios de ser estudiante sin estudiar más de lo que consideramos justo. La clave está en dos conceptos altamente relacionados: research, y procrastinación.
Tendré que esperar a la próxima entrega para explicarlos porque el editor no me dejó apañarme el espacio del columnista de junto.

lunes, 30 de marzo de 2009

Adicción tercermundista

Hace un año estuve de intercambio en Estados Unidos. Una clara intención habitaba en mi mente: conseguir un gringo rico y poderoso para casarme con él. Estudié en una universidad grande, con millares de estadounidenses adinerados y pudientes para elegir. Pero más sin embargo opté por la tercera vía. De entre todos los gringos ricos y poderosos, para mis crushes del semestre resultaron ser un colombiano, un indio y un etíope. Oséase que te trabajo el gusto por los tercermundistas. Menos mal que soy mexicana.
Al analizar esta cuestión me pregunto, ¿Qué vi en aquellos ojitos de país en desarrollo? ¿Por qué abandoné mis aspiraciones de riqueza y poder, para perseguir estas almas latinas, asiáticas y africanas? Sucede que, como decía una amiga, mis políticas de ligue se basan en la discriminación positiva. Que pasa a ser equivalente a decir que, en cuestiones de flirteo, me gustan los piel-morena que carecen de seguro social.
Independientemente de mis debilidades personales, hay ciertas cosas que a una como mexicana le apetece encontrar en su galán en turno. Más que nada viene siendo lo que es la calidad, calidez y calentura que te trabaja el macho nacional. Tal vez sea mera costumbre, que se convirtió en adicción, pero mientras estuve fuera mi respuesta ante el “¿qué extrañas de México?” siempre fue “los hombres y las gorditas de chicharrón”.
A los gringos les sobra diplomacia y a una le hace falta un poco de incorrección política. Unas chispas de indecencia que lleven a las miradas ganosas o al “vengachepacamireina”. Cuesta aceptarlo después de tantas quejas que he emitido al respecto, pero qué vacías se sienten las calles sin los albures del maestro de obras. Porque entonces nos dejan sin nada por qué ofendernos. Muy finos y muy propios, les urge tantito desacato.
No lo tomen a mal, no quiero hombres maltratadores. Es sólo cuestión de ponerle sabor. El otro día leía en un texto del humorista Marco A. Almazán que los noviazgos a la mexicana se basan 95% en preguntas motivadas por los celos, como “¿Por qué me dices Pepe si sabes que me llamo Dagoberto?” Algo tiene de cierto, el drama en nuestras relaciones pasa a ser esencial. No sé si soy yo pero me gusta el conflicto, y a algunos primermundistas los siento envueltos en un aura de pasividad.
Antes de dejar una impresión errónea cabe aclarar que estoy generalizand. Desde luego hay ciudadanos de países desarrollados que si me coquetearan con sus pestañas güeras, fácilmente abandonaría las ansias autóctonas. Mi adicción por los Hombres del Sur también tiene sus límites. Estos quedaron claros cuando el etíope, que era médico, sugirió que si nos casábamos me llevaría a sus tierras y me entrenaría para ser su enfermera. O cuando un árabe propuso a mi amiga, en el más seductor de los tonos, “LLu merry me, I give llu camels”. Ahora sí que, como quien dice, comentarios matapasiones.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Elvira Duff

“¿Si fueras una caricatura, quién serías?” me preguntó un amigo ayer. Reflexionando, regresé al pasado cuando me decían Mafalda porque vivía angustiada por el mundo. Lisa Simpson, claro, ha sido otra constante. No vayan a pensar que por su ñoñez. Es más bien por mi piel amarilla. O porque mi hermano se porta mal.
En fin, ni Lisa ni Mafalda me convencen. No porque me caigan mal, pero siendo honesta soy más como Elvira Duff, la de los Tiny Toons que se dedica a perseguir animalitos. Los pobres huyen aterrados de su entusiasmo y sus arrebatos cariñosos que con frecuencia terminan en la muerte.
Así soy yo. Sufro de unas ansias incontenibles de cuidar, un instinto maternal adelantado, descontrolado, y mal desarrollado. Obsesionada con cualquier cosa que inspire ternura, dediqué gran parte de mi infancia a convencer a mis papás de que tuviéramos mascotas. Y fueron indulgentes. En distintos momentos te manejamos lo que son los peces, ratones, perros, tortugas, pollos, patos, pájaros, camaleones, conejos, y aproximadamente 20 gatos. También fundé un criadero de caracoles, -la adoración de mi mamá-, y un hospital para las lagartijas que encontraba heridas gracias al gato en turno.
Pero algo siempre me falla. El perro del vecino asesinó a dos pollitos. Infinidad de ratones, hámsters y pericos murieron de enfermedades intestinales. Varios pacientes del hospital sucumbían, aplastadas accidentalmente por mis torpes deditos cuando intentaba sanarlas con árnica. Y las fuerzas de la naturaleza se apoderaban con frecuencia de alguna de mis mascotas, llevándolos a cumplir su rol en la cadena alimenticia y devorarse al prójimo. El jardín se convirtió en cementerio para enterrar a los difuntos tras un cortejo fúnebre al que asistían mis muñecos vestidos de negro. Tantito sádico. Otros corrieron con suerte distinta y se perdieron (escaparon) irremediablemente.
No se debe a falta de entrega. Diosito santo sabe que hice todo por resguardarlos. Cuando me tocó criar a un joven conejito, abandonado por su mamá, lo cobijé bajo mi ropa por días y no lo dejé solo un segundo. Literalmente. Si no me creen pregúntenle al que era mi galán, que le tocó ir al cine con nosotros. Cuando le dije “no engordé, traigo un conejo en la panza”, pensó que era broma. Al darse cuenta de que en verdad traía al bicho, se ofuscó y luego ofreció comprarle algo para que comiera mientras veíamos la película. Pero el conejito murió a los pocos días.
A mis gatos tampoco les faltó cariño. Los traía abrigados con mamelucos, paseando en carriola y durmiendo en cunitas de plástico, los alimentaba con biberón y lavaba sus dientes. Los muy ingratos se escaparon, uno tras otro, hasta que mi mamá me prohibió ponerle pañal a las mascotas.
Sí, soy elviresca. Lo malo es que Elvira acosa también a sus compañeritos. Con esto no tengo problema, sólo que todos le huyen y ya no me gustó. Por eso mentí un poco y dije que sería Lisa. Digo, Milhouse y Rafa no son mis prototipos de hombre, pero de eso a que un zorrillo huya de mí…

martes, 3 de marzo de 2009

Gen Maligno

Estoy segura de que existe un gen que determina la perdedorez. Y estoy aún más segura de que el mío está altamente desarrollado. Desde chica tengo una innegable atracción hacia elementos poco refinados, como balonazos, tropiezos, o ganas inoportunas de ir al baño… Era la típica que le tiran el yogurt encima con un balón. O que en la fiesta de 15 (o de 22) se cae porque no sabe usar zapatos de tacón. O que en el viaje de generación de prepa le da un ataque de risa y se hace pipi en frente de todos. Típico, ¿no?... Not.

Desgraciadamente mis achaques de perdedora me persiguen. Y la UDLAP no sería la excepción, como quedó claro en mis primeros días, cuando le ayudé a Güendy a cambiarse de casa. Teníamos que transportar sus cosas al Cain y por codas no quisimos pagar lo que es el taxi. Parecíamos mecapaleras, arrastrando una cantidad absurda de maletas y bolsas de Gualmar por medio campus.

Apenas me entregó la bolsa con los huevos y me tropecé encima de ellos. Puntos menos para mí. Luego, como mi gen maligno lo determinaría, cruzamos justo a la hora del entrenamiento de los Aztecas. Ahí nos tienen, rojas rojas por el esfuerzo y sudando cual pubertos bigotudos, desplazándonos por el campo en una escena de lo menos seductora. Para colmo, que se nos desfunda la bolsa de plástico con los limones. Aterrada ante el prospecto de desperdiciar comida, aventé el resto del cargamento y me puse a recoger limones. La pobre de Güendy, temerosa de que alguien nos viera, me decía entre dientes “Ya déjalos, Marce, yo te compro otros”. Demasiado tarde: los aztecas, musculosos y atléticos, nos miraban y comentaban el evento entre risas maliciosas.

Siete semestres después las cosas han cambiado poco. El domingo descubrí un camión de Estrella Roja que llega directo a Cholula. Feliz, me trepé y pronto me quedé dormida. Cuando desperté vi con alarma que ya estábamos en el zócalo cholulteca. Agarré mis cosas, apuradísima, y me escurrí como pude por el pasillo, golpeando con la maleta a un pasajero y la gallina que llevaba en una jaula sobre las piernas.
Al bajar, le pregunté a un samaritano cómo llegar a la UDLAP. “Uy güerita, ya te bajastes mal”, me contestó, señalando un enorme letrero a sus espaldas que decía “ABARROTES HUEJOTZINGO”. Rápidamente regresé al camión que, por suerte, no se había ido. “¿Vas a Cholula?” me dijo el chofer. “Lles, lles”, contesté, deseando pasar por gringa y que eso explicara el suceso. Se me olvidó que momentos antes había gritado, en perfecto español, “¡Aguánteme que aquí me bajo!”

Mientras volvía a mi asiento, con el ego por los suelos, noté que el hombre y su gallina me miraban serios y sin parpadear. Pero no me engañan: en sus ojos reconocí la inevitable satisfacción de una venganza involuntaria. En realidad ya no me angustia. Con los años me he acostumbrado y ahora entiendo que eso de perder el estilo es mi pan de cada día. Ni modos, a algunos así nos tocó.

lunes, 2 de marzo de 2009

De antro

Lo mío lo mío, no son los antros. Me pasa al revés que a otros: en lugar de escaparme por la ventana para ir de fiesta, tengo que convencer a mis papás de que me inviten a ver una película en su cama el sábado en la noche. Los pobres insisten en que salga a hacer amigos porque creen que manejo problemas de socialización. Pero mis razones tengo.

Los antreros nunca me quieren dejar entrar a sus reinos porque creen que tengo menos de 18. Y como pierdo en promedio dos carteras al año, pocas veces tengo identificaciones que lo aclaren. Así ocurrió hace unos días cuando quise entrar al Unit para la fiesta de sociales. Como aquellos serían incapaces de romper la ley, el cadenero no me dejó pasar sin credencial.

Mientras esperaba a un amigo para que me acompañara a recogerla, entra en escena una tipita elegantísima, sosteniendo con voz penetrante que quería ingresar al establecimiento. Algo en su aspecto (quizá los gritos, los ojos o el aliento), llevaron al guardia a sospechar que se encontraba alcoholizada. Pudo ser también la falta de equilibrio que denotaba al balancearse de un lado a otro. Menos mal que estaba firmemente aferrada a la cadena porque si se hubiera caído sobre los demás asistentes, el aplastamiento habría sido letal. “Amiga, no puedes pasar al establecimiento si estás tomada”, le decían los meseros. La tipirrina estaba además furiosa porque sus amigas la habían dejado afuera (me pregunto por qué), y ofrecía al cadenero 200 pesos por buscarlas. “Dame el dinero y yo las busco”, dijo mi amigo, siempre de buen corazón. Pero ella lo ignoró y continuó sus alaridos indiscretos.

Persistente sí es la muchacha: fui y volví de casa con mi credencial y ella seguía peleando por su derecho legítimo de entrar. Finalmente, el mesero entendió que sería imposible ahuyentarla, así que resolvió dejarla entrar pero amenazada de que “a la primera escena, te saco”. La monita se emocionó tanto que extendió su mano hacia el joven y, ante la mirada incrédula de éste, le ofreció el meñique para cerrar el trato con una “Pinky Promise”(palabras textuales). De haber sabido que aquello bastaba, me habría ahorrado el viaje por mi licencia.

Una vez dentro distinguí a un grupo de oficinistas que, saliendo de la chamba, bien rebeldes se quitaron la corbata, y directito se fueron de reven a ligar. Mis miradas hostiles no los ahuyentaron y al rato se acercó uno para que le presentara a mis amigas “rete bonitas”. “Te las presento sólo si me enseñas tu CURP”, le propuse. Habría pensado que cualquiera entendería el sarcasmo implícito. Pero nada, que va sacando, de entre Nextel, celular y bíper, ¡su CURP y su RFC! Cuando me vio reírme quiso saber si yo tenía las mías. “No, señor, como todos en este lugar, a excepción de usted y sus veteranos acompañantes, tengo menos de 40, soy estudiante de universidad, y no estoy registrada ante Hacienda como contribuyente”. No se lo dije. En cambio, corrí hacia mis amigas a presumirles lo ganadora que soy por tener en mis manos la CURP de un burócrata y a ofrecerles si alguien quería bailar con él la Sopa de Caracol.

A la próxima me quedo con mis papás. Si les platico de los oficinistas raboverdes de seguro me invitan a ver películas y hasta me hacen un cachito en medio de los dos.