domingo, 14 de junio de 2009

La campiña holandesa

"Dutch people are weird" fue quizá la frase que más escuché durante los diez días que estuve en tierras holandesas. Esta visita breve no me da autoridad para repetir la frase con certidumbre, pero sí puedo aportar evidencia que reafirme la teoría. En aquel tiempo, estuve con mi hermana paseando en bicicleta por los poblados cercanos, entre encantadoras casitas de techos rojos y campos sembrados con vacas pastando. Fue en uno de estos campos en donde encontramos, ahí plantado sin más ni más, un escusado. Como si fuese un árbol cualquiera. Blanco, limpio, lejos de oxidarse o de cubrirse de hierbas. A su alrededor, esparcidos aleatoriamente por el mismo campo, otros cuatro iguales.
Jo y yo no lo podíamos creer. Un solo escusado ya era raro, pero podríamos adjudicarlo a un holandés de costumbres peculiares que gusta de hacer sus necesitades a la intemperie, para inspirarse con el paisaje. Pero, ¿cinco iguales? ¿Guat da hell? ¿Será una obra de arte?

Tanto nos sorprendió el hallazgo que quisimos averiguar de lo que se trataba y fuimos a buscar a algún individuo en los alrededores. En el terreno aledaño nos topamos con una señora que regaba las plantas mientras su vaca pastaba al lado. Cordialmente le preguntamos en inglés que por qué diantres había cinco escusados en medio del campo. Como la tipita y su mascota nos miraban con el mismo grado de entendimiento, asumimos que no podría ayudarnos y, por no hablar holandés, nos quedamos con la duda.
Señores usuarios, el día de hoy les traigo directamente de la empresa, exclusivamente aquí, en este su blog, lleve lleve su suvenir, su foto del recuerdo, del escusado en los campos holandeses. Que no le digan, que no le cuenten, llévela hoy mismo, es la foto del recuerdo.

jueves, 11 de junio de 2009

Ciclismo urbano

Dice María José que en Holanda el punto más alto es un holandés. Y es cierto. Uno puede recorrer pueblos y ciudades sin toparse jamás con una elevación del terreno. De ahí que el uso de la bicicleta sea tan común. Y de ahí que durante la semana y media que pasé en estas tierras, yo tuviese que usar la mía.
Uno cree que domina ciertas artes, y de pronto se va enterando de que nopales, que nada que le sabe. Así me ocurrió a mí en esta ocasión: descubrí que no te manejo lo que es el ciclismo urbano.
Como ya lo saben, no soy novata, el bellísimo Pueblo de Cholula ha sido mi campo de entrenamiento durante meses. Pero una cosa es ir entre pipopes y perros cholultecas, y otra muy distinta es seguir las reglas de tráfico de una ciudad en la que el 80% de la población se mueve en velocípedos, y estos tienen sus propios caminos y semáforos. No les voy a mentir: andaba yo espantada.
Primero intentamos que Jo me llevara en la suya, pero si coordinar uno mismo su bicicleta es complejo, sólo imaginen lo que es llevar en el lomo a una pasajera que además del peso considerable que aporta, continuamente te clava las uñas en la espalda. Total que se nos complicó, y a los pocos metros de casa caímos juntas del vehículo, y cada vez que nos trepábamos la gente aledaña se detenía para observar el patético espectáculo. No había más remedio que usar mi propia bici.
Aquí entraron las reglas de tránsito bicicletero. Si supieran el trabajo que me costó acatarme... En más de una ocasión me pasé el alto, provocando entre los holandeses lo que yo calculo que eran mentadas de madre. Lo mismo ocurrió en las dos ocasiones en las que me estrellé contra la bici de alguien más. A Dios gracias que todo era en holandés y yo sólo contestaba "ashuet, ashuet", que según yo quería decir "disculpe." Evidentemente no, y Jo me tenía que corregir cada vez: "Es ashublift." O algo.
Lo peor fue cuando descendí involuntariamente del aparatejo al cruzar la calle, justo cuando venían hacia mí tres apuestos holandeses en sus bicicletas. Causé un desparpajo entre los pobres pues al intentar evadirme se estamparon entre sí. De nuevo, insultos indescifrables.
No es fácil acostumbrar al cuerpo a pasar tanto tiempo en bicicleta. Con las piernas no tuve problema, ya ven que soy atlética por naturaleza y algunas horas al día pedaleando no me hacen ni cosquillas. (Aunque la gente aquí no me creía mucho cuando me veían llegar a cualquier lugar roja roja, sudando y sin aliento. Pero esto era por el clima.) El mayor problema está en otras partecitas. Sin entrar en detalles, digamos que la mitad de mi estancia en Holanda tuve que caminar como si trajera pañal, con las patitas abiertas, toda adolorida. Aún siento feo cuando me acuerdo de subir y bajar las banquetas...
Eeeeen fin. Para terminar con una nota positiva, tengo que reconocer que me gustó este modo de vida. Nuestros largos paseos en bicicleta no sólo nos permitieron ahorrar varios euros en transporte público, sino que contribuyeron a reducir los efectos catastróficos que la inflación en el precio de las verduras holandesas va dejando en mi cuerpecito.

viernes, 5 de junio de 2009

Por los aires de terciopelo

Pues por azares del destino, con ayuda de mi ángel de la guarda y de alguna que otra conocencia, contrario a todo pronóstico, me encuentro sentada en primera clase de un avión de México a Madrid, rodeada del puritito terciopelo de la tripulación.
No fue así desde un principio. Estaba yo sentada con toda la pelusada cuando llegó la amable señorita a decirme que la siguiera y la seguí, tan obediente. Hasta pude escoger entre ventana y pasillo. Quise la primera porque me gusta asomarme y más cuando es de noche y la luna se refleja en las alas del avión.
A mi lado viaja un señor que apenas llegué y me tendió la mano para presentarse. Gonzalo Blanco, me dice, mucho gusto, seremos compañeros de asiento. Quiúbole rumi, le digo, que ya ven que la fineza siempre se me da. Me acomodé en mi amplio asiento, consciente de la importancia de fingir que estos lujos son naturales y cosa de todos los días, muy propia cual señorita acaudalada o lo más señoritezca que pueda yo parecer, tampoco será tanto por mucho que me esfuerce.
A los pocos minutos mi rumi dijo que ahora volvía, y es hora que no ha vuelto desde hace más de 20 minutos. No es que me angustie ni me haga falta, al contrario, qué bueno que se fue un ratito porque así me dio tiempo de explorar la maquinaria que me rodea.
No es cosa fácil, no se crean, estoy rodeada de una cantidad absurda de aparatejos que ofrecen todo tipo de comodidades y divertimentos. Pero está canijo descubrirlos todos y aprender a manejártelos sin hacer evidente que soy medio retrógrada en el mundo de la tecnología. Acá ando, entonces, picoteando botones y jaloneando palancas según yo disimuladamente. Encontré una tabla extraña que, después de luchar un rato y de expresar con chasquidos mi falta de entendimiento, comprendí que su función es la de brindarme un poco de privacidad ante el rumi que aún no regresa. En el respaldo de enfrente hay una cosa que yo creí que era la pantalla de televisión, hasta que vi al ejecutivo de adelanta sacar la suya pantalla de otro lugar y, discretamente, le copié.
Justo ahora llega el rumi, quien ya me trata de “Marcelita”, y qué bueno que no estuvo aquí hace algunos minutos cuando, sin el menor disimulo, saqué a relucir la nacolinez apachurrando todos los botones que acomodan el asiento de 85 maneras distintas y emitiendo pequeñas exclamaciones de asombro tras cada nueva posición que descubría. Vergonzoso. Pero aquello quedó en el pasado y ahora me encuentro en pleno dominio de la situación.
Se está haciendo de noche, abajo nubes como pasto, al lado el Sol que es una franja anaranjada, y arriba el cielo más azul.
Obviamente, el que es perico donde quiera es verde, aunque la mona se vista de seda, y yo tenía que salir con mi chistecito. Quise verme muy adaptada sacando como si nada mi tele, y chin, que se me complica. Don Gonzalo amablemente me ayudó. Y luego de pronto que aparece el señorito por tercera vez ofreciendo almendras y canapés. Desde luego que quiero los míos, si no me los como ahorita me llevo mi itacatito para mañana en el aeropuerto cuando me encuentre de vuelta entre los comunes. Así que quise mi porción, pero al intentar sacar la mesa, que se me atora con la tele que olvidé cerrar. Perdón, joven, un golpecito ligero a la pantalla, un rayoncito ligero, cosa de nada, no se fije, y el joven me mira con una sonrisa de paciencia y condescendencia. Pero yo ahora trago jamón serrano y queso brie y me dispongo a ver las películas que me ofrece el catálogo.
Ya mañana, me arrastraré sin dignidad por el piso del aeropuerto de Madrid cuando tenga que dormir ahí para esperar mi vuelo a Holanda al día siguiente. Pero por ahora, me apoltrono en mi cama voladora y disfruto de esta hermosa vida de ricos.

Aventuras de dos hobbits en Holanda

Hace algunos días, tras más de un año de ahorros, emprendí un viaje a tierras europeas. Mi destino inicial: Tilburg, un pueblo holandés en el que desde hace casi seis meses radica mi joven hermana.
A petición del querido futurito, y también en parte porque bloguear es un vicio, he decidido compartir contigo, damita, caballero, en este tu espacio cibernético, las aventuras que hoy me depara el destino.
Las siguientes entradas, entonces, se denominarán "Aventuras de dos hobbits en Holanda", dada la reducida estatura de esta su servidora y mi hermana, que en un país de alargadas figuras destaca más que nunca.
Por su atención y preferencia, AOPG le da las gracias y le desea un feliz día.

Perteneciendo al mundo académico

Decía que la clave para llevar la fiesta en paz durante el proceso de ‘escritura de tesis’ es pretender que perteneces al mundo académico. A continuación, una serie de consejos prácticos que te permitirán jactarte de ser un researcher y, como tal, permanecer en las instalaciones de la UDLAP por tiempo indefinido.

1) Lee un par de artículos y hojea algún libro para identificar dos cosas: 1) el lenguaje dominguero y sofisticado que usan los eruditos en tu tema y 2) las vacas sagradas, aquellos legendarios políticos, escritores o investigadores que han hecho historia en tu área de estudio. Cítalos de vez en cuando y nadie pondrá en duda la veracidad de tus estudios.
2) Adiestra el lenguaje académico para utilizarlo en las conversaciones cotidianas y que la gente crea que eres culto. (Para decir "Me cae que eso que dijistes te lo sacastes de la manga," es mejor preguntar: "¿Exactamente en qué información está basado ese argumento?")
3) Con tu asesor la cosa puede complicarse cuando note que continuamente repites las mismas cuatro citas. Si esto ocurre, busca algo que él/ella haya escrito sobre el tema, y cítalo. Cucharada de tu propio chocolate, dirían los instruidos. Se pondrá tan feliz de que alguien lea su trabajo que olvidará cuestionarte sobre el tuyo.
4) Cualquier respuesta relacionada con tu actividad como investigador es perfectamente válida para cualquier pregunta. “¿Por qué duermes 11 horas al día?” pregunta la mamá. “Es necesario para la investigación”. “¿Por qué subiste tres kilos en una semana?”, cuestiona la amiga. “De acuerdo con (inserta nombre de vaca sagrada) la masa corporal es directamente proporcional al nivel de actividad neuronal”, respondes sin titubear. “¿Por qué no has entregado el primer capítulo?” pregunta el asesor. “Estoy desarrollando un marco teórico conceptual, cuya esencia se vería en peligro si lo plasmara anticipadamente en papel”.
5) En tus respuestas jamás digas “lo haré mañana”, porque implica a) admitir que ya debiste haberlo hecho y b) comprometerte a hacerlo mañana. La respuesta adecuada explica que la tarea no se ha hecho porque aún no es momento, y deja abierto un amplio marco temporal para cuando dicho momento llegue.
6) Crea una firma electrónica que consista en tu nombre, tu puesto y tus teléfonos. No te preocupes si no tienes puesto: autodenomínate como te parezca adecuado.
7) La utilización de las iniciales al escribir es una constante en el mundo de los ilustrados. Aprende los acrónimos importantes en tu área y crea los tuyos propios. Si no logras inventar ningún concepto innovador para el cual puedas aplicar un acrónimo, no te angusties, se vale crear acrónimos para conceptos existentes. No te limites al ámbito profesional. Puedes hacerlo en tus conversaciones por Messenger, por ejemplo: TMT (tengo mucho trabajo). ¿QHM si TMT? (¿qué haces en Messenger si tienes mucho trabajo?). MEP (me encuentro procrastinando).
Si aplicas los conocimientos propuestos en mis últimas tres columnas, tendrás garantizados otro par de semestres de cómoda vida estudiantil. Eventualmente, habrá que sentarse a escribir la tesis. Pero tú tranquila, damita, caballero, que todo a su tiempo. Por ahora, relájate y sigue disfrutando.

jueves, 7 de mayo de 2009

Research y procrastinamiento

En mi columna pasada hablaba sobre el problema que enfrentamos los alumnos udlescos cuando, tras una vida de paz, comprensión y tolerancia, de pronto resulta que hay que escribir tesis. Como decía, no es ni necesario ni conveniente, por no mencionar que no es moral ni legal, comprarla. Teniendo ciertas estrategias a la mano la escritura de la tesis puede resultar una experiencia casi tan relajante como el resto de la licenciatura. Para esto, hablaba de dos conceptos importantísimos: research y procrastinar.

Research se refiere, como podrán imaginar, a la investigación académica. En la jerga universitaria el término tiene connotaciones distintas a las que en la UDLAP estamos acostumbrados. Sucede que en algunas universidades la investigación es el pan cada día. Tanto maestros como alumnos dedican jornadas enteras a hacerse elevadas preguntas y responder con réplicas a la altura. Luego, los académicos publican sus papers en alguna revista especializada o los presentan en conferencias ante la congregación de expertos. Esta actividad, por ajena que nos parezca desde los verdes campos y alegres bares de Cholula, es bastante bien vista en la comunidad de eruditos. Si se siguen las reglas al pie, la research no sólo es fuente de ingresos y causante de la admiración del resto del gremio de los sabios, sino que además provee al estudiante en cuestión con una herramienta básica: la razón de ser.

Cuando alguien se consagra como resercher, su existencia académica queda justificada y nadie cuestionará su eterna estancia en la universidad. Si lo que queremos es prolongar nuestra época de estudiantes la tesis presenta la oportunidad perfecta. Todo lo que debemos hacer es desarrollar una investigación sobre un tema relevante, o convencer al resto del mundo de que eso estamos haciendo. Una vez que nuestros profesores, nuestros padres y patrocinadores, y cualquier otro actor relevante, queden convencidos de que estamos haciendo investigación, lo demás es fácil y podemos pasar al segundo concepto: procrastinar.

Procrastinar significa posponer. Que más que nada vendría siendo lo que la sabiduría popular denomina “dejar para mañana lo que puedes hacer hoy”. En condiciones normales esta actitud puede acarrear miradas, comentarios o acciones desaprobatorias por parte de actores externos (“Si no te gradúas en este, tu décimo sexto semestre, dejaré de pagar la colegiatura”, dice un padre irracional). La cosa cambia cuando el mundo está convencido de que eres un researcher, pues todos tus actos procrastinatorios pasarán desapercibidos.

La siguiente semana hablaré sobre cómo poner en práctica la estrategia del estudiante investigador. Por ahora basta con que repitas en voz alta las siguientes premisas, básicas de todo académico comprometido.
1) Hacer research es un trabajo real
2) Nunca quiero dejar la universidad. Cuando acabe mi licenciatura, haré maestría, doctorado, y después post-doctorado. Si algún día, Diosnoloquiera, me tengo que graduar, seré profesor. Y jamás dejaré de hacer research, y cuando muera mi asesor heredaré su lugar y seré la luz y guía de mis asesorados

Aprehender estas proposiciones será tu llave para el mundo de la simulación erudita y, por lo tanto, la extensión de tu visa de estudiante durante un par de semestres adicionales.

martes, 7 de abril de 2009

Academias y tesis

Una de las cosas que se me olvidan es que la vida udlesca es o pretende o debiera ser también vida académica. Entre kermeses con chela e inflables a medio semestre, desfiles de moda diarios, placenterísimos conciertos de reguetón, y demás actividades cotidianas de la Universidad, es fácil perder la ubicación. Si a esto le sumamos que dentro del campus te trabajan su playa, su lago con sus patos, y su salón de videojuegos, resulta casi imposible querer comportarse como académicos. Definitivamente a esto se debe la pereza con la que varios asistimos a clases o la falta de entusiasmo a la hora de participar, hacer tareas o investigar ligeramente más a profundidad el tema que vimos en el salón.

Los profes piden demasiado. ¿Cómo quieren que uno tome notas cuando en la banca de al lado está sentado un pavo real? Me distrae mucho. Encima quieren que leamos diez páginas a la semana, a veces 15, por cada materia. No consideran que en el trayecto del campus a la casa se nos atraviesan en promedio 12 bares de puerta abierta, música deleitable y, en especial, precios accesibles para el estudiantado, y nomás sentimos como que nos jalan las patitas hacia ellos.

Pero eso sí, de repente va uno en octavo (o décimo o doceavo) semestre y tiene uno que escribir una tesis y no sabe uno ni a quién encajarle las uñas de la desesperación. Y entonces maldecimos el momento en el que optamos por el campus de los patos y no el de algún otro animal en el que este trabajito no fuera requerimiento. La reacción instintiva de varios es recurrir a un mecanismo que conocemos bien: el mercado. Ante mi incapacidad, o más posiblemente mi falta de apetencia, para realizar la investigación, utilizaré el dinero de mis padres para contratar a un tercero que, sin duda, lo hará mejor que yo.

Sin embargo no obstante, comprar la tesis quizá no sea tan buena idea. No lo digo por la parte de la deshonestidad y la ilegalidad. Tampoco porque la crisis económica nos traiga apretados del pescuezo. Mucho menos lo sugiero porque podamos dejar de aprender algo que quizá tenga sentido que aprendamos. Estos tres factores son relevantes, pero estamos olvidando el más importante: la rapidez del proceso de compra de la tesis implica que en poco tiempo tenemos en manos un título de licenciado, con nuestro nombre al lado, y entonces sí habrá que buscar un trabajo que nos tomará mucho tiempo. Osea que se nos cayó el teatrito.

No se preocupen, señores usuarios, que como dicen los que saben todo tiene solución. Es cuestión de saberle a la maña para lograr que tras una licenciatura de tranquilidad nuestro enfrentamiento con la tesis se traduzca en más semestres de total relajación. Hay soluciones alternas que permiten continuar usufructuando de los beneficios de ser estudiante sin estudiar más de lo que consideramos justo. La clave está en dos conceptos altamente relacionados: research, y procrastinación.
Tendré que esperar a la próxima entrega para explicarlos porque el editor no me dejó apañarme el espacio del columnista de junto.