Yo soy chilanga. O defeña, o como le quieran llamar. Y me encanta la ciudad. Pero a veces, entre tráfico, histerias y mugre, se me olvida aprovechar las ventajas. Estas vacaciones decidí recordar las maravillas de la capital y anduve, como quien dice, de fiesta en el Distrito Federal.
Para empezar, vinieron unos gringos y me tocó pasearlos por las pirámides. Ellos asumieron incorrectamente que yo, al ser mexicana, sabría de qué se trataba aquello. Y yo, como buena defeña, jamás admitiré que algo sobrepasa mi conocimiento. Así que fungí como guía durante el recorrido y me vi obligada a insertar un par de datos que si no eran mentira fue por pura casualidad. Teotihuacán se convirtió entonces en una ciudad con salón de belleza, poder judicial, y hasta una casa de las chicas alegres. Mi hermana, que sí recuerda sus clases de primaria, me miraba con horror y trataba de corregir discretamente mis aberraciones con comentarios como “Bueno, son meras suposiciones arqueológicas”.
No sé por qué tanta incultura habita en mí, o por qué tan poco conocimiento vive en mis entrañas. ¡Por esta que sí leo! De hecho, leer fue mi actividad principal estas vacaciones. Un día me habló un amigo para que lo acompañara a repartir regalos navideños, y le dije “Fulgencio, tu plan está un poco señor”. Sabiamente, contestó, “Marce: estás sentada sola, en la cafetería de Gandhi, leyendo. Es viernes en la noche. No tienes autoridad moral para juzgar los planes de nadie”. Cabizbaja y avergonzada, sólo pude contestar, “¿Vienes por mí?”
Otra ñoñería de estas semanas fueron mis visitas a la sala Nezahualcóyotl, a escuchar a la Filarmónica de la UNAM, cortesía de un compañero que se ha dado a la tarea de educarme. Si vieran qué fina me sentía, rodeada del puritito terciopelo de la capital…
Pero nada como las visitas al zócalo. Andaba por ahí con mi amigo, el Peleas, cuando se nos viene apareciendo un resto de gente bien encandilados. Agarra el Peleas y me dice, “Oye güey ¿Y si le caemos con la pelusada?” “Ya estás”, le digo. Chale, estuvo bieeen emocionante. Primero, íbamos caminando por Reforma, diciendo que Palestina y que Israel y sabe Dios qué cosas. Llegamos a la embajada gringa y sobres, que la banda empieza a aventar los zapatos. “¡Orale, orale!” le digo, “¿y estos qué traen?” Y ya me explicó el Peleas que fue por lo mismo de los zapatistas. Y en eso que me dice “Orale, avienta tu teni”, y que le digo “¡No, sácate! Mejor avienta el tuyo”. “Oss, ¿ya ves cómo eres?” me dice. De regreso nos trepamos al metro. Peleas se compró un disco en formato emepetrés, que le contiene Caifanes y otros éxitos del momento, para ligarse a la Yadira. Yo, por diez pesitos, una pomada de uña de tigre, para las reumas, el cáncer, el mal de ojo, y no me acuerdo qué más. Ya me la unté a ver qué pasa. No, dice, me cae que estos chilangos sí saben lo que es bueeeno…
miércoles, 28 de enero de 2009
martes, 9 de diciembre de 2008
Borreguitos en Cholula
Estoy de vacaciones, por lo que la columna semanal "Te manejo lo que es" queda suspendida, de menos, temporalmente. Pero, vaya, no es motivo para dejar de escribir, en especial tomando en cuenta que pasaré varias tardes sin mucho más que hacer.
Decidí quedarme un tiempo acá en la cosmopolita Cholula. Más que nada porque estuve en el defe un par de días y el tráfico, hijodediostodopoderoso, me espantó. Y díjeme a mí misma "¿Qué necesidad?”
Así fue que acá estoy, conviviendo con los cholultecas en su pirámide. El domingo la visité y me fue de lo más agradable, sentarme a tomar el sol al lado de un par de cristianos echando pasión, a unos cuantos metros de la iglesia. De fondo, los villancicos menos armónicos que he escuchado en mucho tiempo. Y antes de regresar a casa, el chopin: lleve lleve su escapulario, su imagen de la virgen con marco dorado, su artesanía regional. Sí, chilangos, envídienme en esta tierra de la paz y la armonía.
En otros temas, les cuento que hoy fui acosada por un borrego que se hallaba pastando en el patio junto a mi casa. Y no hablo de un muchachito falto de capacidad de decisión propia, no. No es metáfora, no es exageración. Un maldito borrego lanudo y café llegó a mordisquearme las agujetas mientras yo estaba sentada afuera de mis aposentos, leyendo tranquilamente, esperando a que pasaran por mi. Y todo porque le presté mi bici al vigilante de la entrada para que vaya a visitar a la virgencita en su cumpleaños. Se la llevó a darle servicio porque mañana parten juntos en una peregrinación de “Siclistas de San Andres para Nuestra Señora de Guadalupe,” según el panfleto que me mostró. Por lo mismo que ahora no tengo bici y me aperezaba enormemente ir caminando al cajero. No me quedó de otra que esperar a que me dieran raid, y pues en ese inter, que me sale el condenado y, como Pedro por su casa, que me mastica el zapato teni. Maldito.
Pero eso sí, ¿no? Mucha paz, mucho no hay tráfico, mucho tengo la pirámide a un kilómetro... Maldita sea, en el defe jamás recuerdo que un mamífero cuadrúpedo me importunara de esa manera. Hay otro tipo de inoportunos pero, aunque algunos son casi tan molestos, no recuerdo ninguno que pretendiera comerse mis agujetas.
En fin… unas cosas por otras, dirían por ahí. Si el precio de mi tranquilidad es lidiar con vecinos cuadrúpedos, creo que puedo pagarlo. Mientras estos sigan siendo borreguitos, claro, porque donde en una de esas se me acerque una de las vacas que luego rondan por ahí… de plano me regreso a la ciudad.
Decidí quedarme un tiempo acá en la cosmopolita Cholula. Más que nada porque estuve en el defe un par de días y el tráfico, hijodediostodopoderoso, me espantó. Y díjeme a mí misma "¿Qué necesidad?”
Así fue que acá estoy, conviviendo con los cholultecas en su pirámide. El domingo la visité y me fue de lo más agradable, sentarme a tomar el sol al lado de un par de cristianos echando pasión, a unos cuantos metros de la iglesia. De fondo, los villancicos menos armónicos que he escuchado en mucho tiempo. Y antes de regresar a casa, el chopin: lleve lleve su escapulario, su imagen de la virgen con marco dorado, su artesanía regional. Sí, chilangos, envídienme en esta tierra de la paz y la armonía.
En otros temas, les cuento que hoy fui acosada por un borrego que se hallaba pastando en el patio junto a mi casa. Y no hablo de un muchachito falto de capacidad de decisión propia, no. No es metáfora, no es exageración. Un maldito borrego lanudo y café llegó a mordisquearme las agujetas mientras yo estaba sentada afuera de mis aposentos, leyendo tranquilamente, esperando a que pasaran por mi. Y todo porque le presté mi bici al vigilante de la entrada para que vaya a visitar a la virgencita en su cumpleaños. Se la llevó a darle servicio porque mañana parten juntos en una peregrinación de “Siclistas de San Andres para Nuestra Señora de Guadalupe,” según el panfleto que me mostró. Por lo mismo que ahora no tengo bici y me aperezaba enormemente ir caminando al cajero. No me quedó de otra que esperar a que me dieran raid, y pues en ese inter, que me sale el condenado y, como Pedro por su casa, que me mastica el zapato teni. Maldito.
Pero eso sí, ¿no? Mucha paz, mucho no hay tráfico, mucho tengo la pirámide a un kilómetro... Maldita sea, en el defe jamás recuerdo que un mamífero cuadrúpedo me importunara de esa manera. Hay otro tipo de inoportunos pero, aunque algunos son casi tan molestos, no recuerdo ninguno que pretendiera comerse mis agujetas.
En fin… unas cosas por otras, dirían por ahí. Si el precio de mi tranquilidad es lidiar con vecinos cuadrúpedos, creo que puedo pagarlo. Mientras estos sigan siendo borreguitos, claro, porque donde en una de esas se me acerque una de las vacas que luego rondan por ahí… de plano me regreso a la ciudad.
martes, 2 de diciembre de 2008
Ciclismo cholulteca
La bicicleta es uno de los mejores atributos del estudiante udlesco. No sólo es ecológica y barata, sino que te ahorra la angustia de encontrar lugar en el estacionamiento ni te emberrinchas si una moto ocupa todo un cajón.
En esto pensaba cuando decidí que quería una. Ya me soñaba en un velocípedo rosa, (porque soy niña), con canastita y clatson, pedaleando por el campus con ojos cerrados y brazos extendidos mientras el viento jugaba con mis rizos. Patrañas. Mis sueños se han hecho añicos.
La crisis no me permitió comprar una, pero pude heredar la de mi prima pudiente. Muchos me envidiarían: es para deportes extremos, con sus llantas todoterreno, velocidades, y demás artefactos para el descenso de montaña. Lástima que el deporte más extremo que he practicado fue cuando derrapé por la pirámide de Cholula, y no fue ni intencional ni divertido. Lástima también que mi prima, como cualquier persona normal, mide varios centímetros más que yo. Así que ahí me tienen con un artefacto gigante, tosco y agresivo, ni tantito parecido al cuasi-triciclo gay que tenía en mente.
Lo que más me preocupa es que cuando me trepo, mis pies no alcanzan el piso, lo cual puede ser problemático a la hora de intentar bajarme. A pesar de que mi atlética (ehem) apariencia diga lo contrario, no soy lo que yo llamaría diestra en las actividades físicas. Además, he notado que tengo una extraña atracción hacia el suelo que va más allá de la gravedad, y una ligera propensión a las situaciones vergonzosas en momentos socialmente inapropiados (los llamados osos).
Como si no fuera suficiente, yo insisto en buscar nuevas formas de perder el estilo. Así que decidí transportarme en bici a la UDLA. Error. Para empezar, los feroces perros de la vecindad me ladraron hostilmente, lo cual me asustó y me hizo perder el equilibro en la primera cuadra. Iba a decir que me atacaron porque sonaba menos patético que caerte porque te ladra un perro, pero había testigos. Luego, cruzar las enormes avenidas de la gran Cholula (ya saben, la 8 Norte con sus salvajes conductores, se pone canija). Se me complicó tanto que me bajé (caí) otra vez, y llegué a la universidad a pie.
Ya adentro pensé que sería más fácil. Qué ingenua, no consideré a los peatones. Iba tan ocupada esquivando feligreses que no noté cuando mi pantalón se atoró con la cadena. Y chin, que me bajo involuntariamente de la bici por tercera vez. Sólo que ahora mi pierna se quedó enredada y tuve que contorsionarme ridículamente para soltarla, frente a un grupo de metiches que ya se había congregado.
Con la poca dignidad que me quedaba, levanté el aparatejo, y me alejé empujándolo, cabizbaja, con una rodilla sangrando y una pierna del pantalón ‘acampanada.’ Los espectadores me lanzaban miradas de compasión, como quien mira a un perrito sarnoso con lástima pero sin acercarse por temor a infectarse. No los culpo, yo tampoco me acercaría. La perdedorez, como sabrán mis pocos amigos cercanos, es un mal contagioso.
En esto pensaba cuando decidí que quería una. Ya me soñaba en un velocípedo rosa, (porque soy niña), con canastita y clatson, pedaleando por el campus con ojos cerrados y brazos extendidos mientras el viento jugaba con mis rizos. Patrañas. Mis sueños se han hecho añicos.
La crisis no me permitió comprar una, pero pude heredar la de mi prima pudiente. Muchos me envidiarían: es para deportes extremos, con sus llantas todoterreno, velocidades, y demás artefactos para el descenso de montaña. Lástima que el deporte más extremo que he practicado fue cuando derrapé por la pirámide de Cholula, y no fue ni intencional ni divertido. Lástima también que mi prima, como cualquier persona normal, mide varios centímetros más que yo. Así que ahí me tienen con un artefacto gigante, tosco y agresivo, ni tantito parecido al cuasi-triciclo gay que tenía en mente.
Lo que más me preocupa es que cuando me trepo, mis pies no alcanzan el piso, lo cual puede ser problemático a la hora de intentar bajarme. A pesar de que mi atlética (ehem) apariencia diga lo contrario, no soy lo que yo llamaría diestra en las actividades físicas. Además, he notado que tengo una extraña atracción hacia el suelo que va más allá de la gravedad, y una ligera propensión a las situaciones vergonzosas en momentos socialmente inapropiados (los llamados osos).
Como si no fuera suficiente, yo insisto en buscar nuevas formas de perder el estilo. Así que decidí transportarme en bici a la UDLA. Error. Para empezar, los feroces perros de la vecindad me ladraron hostilmente, lo cual me asustó y me hizo perder el equilibro en la primera cuadra. Iba a decir que me atacaron porque sonaba menos patético que caerte porque te ladra un perro, pero había testigos. Luego, cruzar las enormes avenidas de la gran Cholula (ya saben, la 8 Norte con sus salvajes conductores, se pone canija). Se me complicó tanto que me bajé (caí) otra vez, y llegué a la universidad a pie.
Ya adentro pensé que sería más fácil. Qué ingenua, no consideré a los peatones. Iba tan ocupada esquivando feligreses que no noté cuando mi pantalón se atoró con la cadena. Y chin, que me bajo involuntariamente de la bici por tercera vez. Sólo que ahora mi pierna se quedó enredada y tuve que contorsionarme ridículamente para soltarla, frente a un grupo de metiches que ya se había congregado.
Con la poca dignidad que me quedaba, levanté el aparatejo, y me alejé empujándolo, cabizbaja, con una rodilla sangrando y una pierna del pantalón ‘acampanada.’ Los espectadores me lanzaban miradas de compasión, como quien mira a un perrito sarnoso con lástima pero sin acercarse por temor a infectarse. No los culpo, yo tampoco me acercaría. La perdedorez, como sabrán mis pocos amigos cercanos, es un mal contagioso.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Lobas sin remedio
A Martha, mi gurú.
Me pregunto si alguna vez las feministas se detuvieron a pensar en cómo cambiaría el mundo de la seducción cuando se promoviera la igualdad en estos terrenos. Admitamos que la chamba del cortejo no es fácil, y antes era cómodo dejarles el paquete a los hombres. Pero los tiempos del macho como único encargado del galanteo quedaron atrás. Ahora dominan las mujeres que luchan por lo que quieren. Y también dominan los gays, lo cual implica que la competencia está canija y más vale ir aprendiendo cómo está esto de ligar.
Híjole, ahora sí se nos vino a complicar la cosa, porque con la falta de experiencia muchas estamos como mayates. Otras, en cambio, son como peces en el agua: el cortejo es lo suyo. Parecen no tener el menor recato en acercarse a cualquier criatura del sexo opuesto y embrujarlos con sus encantos.
Es a estas maestras de la seducción a quienes debemos dirigir la mirada. Aquéllas que antes etiquetábamos despectivamente como “zoshas,” ahora se han vuelto luz en nuestro sendero. Yo las llamo lobas innatas. Son seres que nacieron con un don para el coqueteo, lo desarrollaron con la práctica constante y ahora se desenvuelven con gracia envidiable en los terrenos del flirteo, como diría Cosmo.
La teoría general nos dice que la carne es débil y basta un movimiento sepsy para provocarla. Pero una loba verdadera sabe que esto es, como dicen por acá, puro chisme. La lobez exitosa es un arte, y hay que saber distinguirla de la zorrería común. Aunque no tengo una respuesta sobre lo que debemos hacer para ligar, lo cierto es que hay cosas que definitivamente NO debemos hacer. Me queda claro que algunos hábitos no conducirán al éxito anhelado sino, más bien, al declive irremediable de la reputación.
Una loba, por ejemplo, jamás nos mostrará la tanga “sin querer,” mucho menos si ésta es de leopardo. De hecho, una loba jamás portará prendas provenientes de la familia de los felinos, porque sería considerado malinchismo. Así que esos zapatos de motas de guepardo y esa bolsa con pelos de tigre de Bengala… uh-uh.
Una loba tampoco cree que bailar reguetón es de ninguna manera sensual. Hay que entender las sutilezas de la elegancia. Ligar al ritmo del perreo sería como caer en terrenos de las hienas o de alguna otra especie igualmente chafita. Acá la cacería es más refinada y, claramente, más selectiva.
El problema es que no cualquiera le sabe a este ritual seductivo. Toda mujer es una loba en potencia, cierto, pero necesita un gurú para desarrollar esta lobez. En conclusión: las mayoría de las mujeres o son lobas o quisieran serlo. Yo, por supuesto, no me incluyo en ninguna categoría porque a la UDLA sólo vengo a estudiar. (Saludos a mi papá que lee esto cada semana.) Pero para ustedes lectoras, (o lectores), propongo que en lugar de juzgar a estas damitas como “mujeres de moral distraída,” admitan que tienen mucho que enseñar y sigan sus pasos hasta convertirse orgullosamente en unas lobas sin remedio.
Me pregunto si alguna vez las feministas se detuvieron a pensar en cómo cambiaría el mundo de la seducción cuando se promoviera la igualdad en estos terrenos. Admitamos que la chamba del cortejo no es fácil, y antes era cómodo dejarles el paquete a los hombres. Pero los tiempos del macho como único encargado del galanteo quedaron atrás. Ahora dominan las mujeres que luchan por lo que quieren. Y también dominan los gays, lo cual implica que la competencia está canija y más vale ir aprendiendo cómo está esto de ligar.
Híjole, ahora sí se nos vino a complicar la cosa, porque con la falta de experiencia muchas estamos como mayates. Otras, en cambio, son como peces en el agua: el cortejo es lo suyo. Parecen no tener el menor recato en acercarse a cualquier criatura del sexo opuesto y embrujarlos con sus encantos.
Es a estas maestras de la seducción a quienes debemos dirigir la mirada. Aquéllas que antes etiquetábamos despectivamente como “zoshas,” ahora se han vuelto luz en nuestro sendero. Yo las llamo lobas innatas. Son seres que nacieron con un don para el coqueteo, lo desarrollaron con la práctica constante y ahora se desenvuelven con gracia envidiable en los terrenos del flirteo, como diría Cosmo.
La teoría general nos dice que la carne es débil y basta un movimiento sepsy para provocarla. Pero una loba verdadera sabe que esto es, como dicen por acá, puro chisme. La lobez exitosa es un arte, y hay que saber distinguirla de la zorrería común. Aunque no tengo una respuesta sobre lo que debemos hacer para ligar, lo cierto es que hay cosas que definitivamente NO debemos hacer. Me queda claro que algunos hábitos no conducirán al éxito anhelado sino, más bien, al declive irremediable de la reputación.
Una loba, por ejemplo, jamás nos mostrará la tanga “sin querer,” mucho menos si ésta es de leopardo. De hecho, una loba jamás portará prendas provenientes de la familia de los felinos, porque sería considerado malinchismo. Así que esos zapatos de motas de guepardo y esa bolsa con pelos de tigre de Bengala… uh-uh.
Una loba tampoco cree que bailar reguetón es de ninguna manera sensual. Hay que entender las sutilezas de la elegancia. Ligar al ritmo del perreo sería como caer en terrenos de las hienas o de alguna otra especie igualmente chafita. Acá la cacería es más refinada y, claramente, más selectiva.
El problema es que no cualquiera le sabe a este ritual seductivo. Toda mujer es una loba en potencia, cierto, pero necesita un gurú para desarrollar esta lobez. En conclusión: las mayoría de las mujeres o son lobas o quisieran serlo. Yo, por supuesto, no me incluyo en ninguna categoría porque a la UDLA sólo vengo a estudiar. (Saludos a mi papá que lee esto cada semana.) Pero para ustedes lectoras, (o lectores), propongo que en lugar de juzgar a estas damitas como “mujeres de moral distraída,” admitan que tienen mucho que enseñar y sigan sus pasos hasta convertirse orgullosamente en unas lobas sin remedio.
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Te Manejo Lo Que Es: La Columna
martes, 18 de noviembre de 2008
Bailongo
Cansada de permanecer sentada cada vez que mis amiguitos se levantan a sacar brillo a la pista, me inscribí este semestre a un taller de baile. De la amplia gama de opciones elegí varibailes, que te trabaja salsa, cumbia, banda y rocanrol. Los 22 años van siendo buena edad para aprender a rumbear, ¿qué no?
Como antecedente, y a sabiendas del ataque a mi popularidad que esto representa, quiero dejar en claro mi torpeza para todo lo relacionado con el arte de la danza. Pero si bien mi desmaña es pronunciada, me sirve de consuelo que también es compartida- y a veces superada,- al menos por algunos de los compañeros del bailongo. Al igual que yo, otra serie de parias de la gloria social acuden al salón de baile en un esfuerzo por librarse de la inherente ausencia de gracia que hasta ahora ha coartado nuestro repunte en sociedad. La clase se convierte, entonces, en un campo de batalla, en el que cada individuo pelea por armonizar un cuarteto de articulaciones, decididamente inconexas entre sí.
Hasta ahí todo bien. No pasa del constante tropiezo con los pies de la pareja, o de que las clases parezcan manual a prueba de ineptos. El problema se nos viene cuando llegan las visitas. Resulta que el profesor tiene su equipo de apoyo, que le llama: un conjunto de colegas udlescos que de vez en cuando nos frecuentan para practicar los recién aprendidos pasos. Este trío de latinlovers, faltaba más, te domina cualquier estilo de baile con envidiable naturalidad. Y una que apenas le rasca a lo que es el pasito básico de salsa, no puede más que intimidarse ante tanta destreza corporal.
Si verlos contonearse con soltura es intimidante, no me imagino lo que será bailar con ellos. A mí no me ha tocado porque, como buenos maestros del perreo, ya se la saben y escogen a las gringas bien guapas que toman la clase. Y a una que no puede competir con cabellos rubios y gracia anglosajona, le toca practicar con los compañeros de la clase. Lo bueno es que, así como no te trabajan la técnica salsera, tampoco te manejan las artimañas de la seducción en la pista, gracias a lo cual me salvo del camaroneo. En cambio las pobres gringas nomás se ponen bien rojas a media canción, vayan ustedes a saber si es de vergüenza o de emoción.
Hace unos días me enfrenté a la prueba inicial: el Encontronazo Grupero, un evento al cual asiste la chilangada completa, disfrazados de rancheros, a bailar al son de Capaz de la Sierra e Intocables. Con cierta decepción, comprobé que aún no domino la pista, ni cerca. Esto quedó claro cuando un ranchero hecho y derecho me sacó a bailar. Me dio tal sacudida que, cuando me dijo que bailáramos otra, tuve que decirle “No, porque me sentí muñeca de trapo.” Su respuesta, sin embargo, hizo que todo valiera la pena: “Pero muñeca, al fin y al cabo.” Finísimo.
Como antecedente, y a sabiendas del ataque a mi popularidad que esto representa, quiero dejar en claro mi torpeza para todo lo relacionado con el arte de la danza. Pero si bien mi desmaña es pronunciada, me sirve de consuelo que también es compartida- y a veces superada,- al menos por algunos de los compañeros del bailongo. Al igual que yo, otra serie de parias de la gloria social acuden al salón de baile en un esfuerzo por librarse de la inherente ausencia de gracia que hasta ahora ha coartado nuestro repunte en sociedad. La clase se convierte, entonces, en un campo de batalla, en el que cada individuo pelea por armonizar un cuarteto de articulaciones, decididamente inconexas entre sí.
Hasta ahí todo bien. No pasa del constante tropiezo con los pies de la pareja, o de que las clases parezcan manual a prueba de ineptos. El problema se nos viene cuando llegan las visitas. Resulta que el profesor tiene su equipo de apoyo, que le llama: un conjunto de colegas udlescos que de vez en cuando nos frecuentan para practicar los recién aprendidos pasos. Este trío de latinlovers, faltaba más, te domina cualquier estilo de baile con envidiable naturalidad. Y una que apenas le rasca a lo que es el pasito básico de salsa, no puede más que intimidarse ante tanta destreza corporal.
Si verlos contonearse con soltura es intimidante, no me imagino lo que será bailar con ellos. A mí no me ha tocado porque, como buenos maestros del perreo, ya se la saben y escogen a las gringas bien guapas que toman la clase. Y a una que no puede competir con cabellos rubios y gracia anglosajona, le toca practicar con los compañeros de la clase. Lo bueno es que, así como no te trabajan la técnica salsera, tampoco te manejan las artimañas de la seducción en la pista, gracias a lo cual me salvo del camaroneo. En cambio las pobres gringas nomás se ponen bien rojas a media canción, vayan ustedes a saber si es de vergüenza o de emoción.
Hace unos días me enfrenté a la prueba inicial: el Encontronazo Grupero, un evento al cual asiste la chilangada completa, disfrazados de rancheros, a bailar al son de Capaz de la Sierra e Intocables. Con cierta decepción, comprobé que aún no domino la pista, ni cerca. Esto quedó claro cuando un ranchero hecho y derecho me sacó a bailar. Me dio tal sacudida que, cuando me dijo que bailáramos otra, tuve que decirle “No, porque me sentí muñeca de trapo.” Su respuesta, sin embargo, hizo que todo valiera la pena: “Pero muñeca, al fin y al cabo.” Finísimo.
Tolerancia Residencial
Vivir en Colegios Residenciales puede ser o una maravilla o tu peor pesadilla, a según te toquen lo que son las rumis, y a según uno mismo se desenvuelva en el arte del buen convivenciar.
Yo habité en el Cain-Murray (Caín Mirey, como le llamábamos las más distinguidas) durante cuatro semestres. Por distintas circunstancias estuve nomadeando entre varias suites, aunque siempre al lado de mi fiel compañera, Güendolin. Juntas, nos tocó convivir con una gran variedad de cohabitantes que nos deleitaron, mes tras mes, con sus excentricidades.
Nos tocó, por ejemplo, vivir con Yadira, a.k.a. la reina del reguetón. Cada mañana, tempranito, nos alegraba con sus ritmos discretos en una grabadora con bocinas que situaba en el baño común. ¿Qué mejor manera de empezar el día que con un motivante “Salió el sol, viva el reguetón”?
Estaba también Dionisia, fans declarada de Carmelita Salinas, y de Selina (q.e.p.d.), quien se refería a la farándula mexicana en tono de viejos amigos, estilo “Luis Mirey y la Aracely,” y pegaba fotos de ellos en la pared.
Qué decir de Destiny Sayani que, nunca entendí porqué, le gustaba esconder sus tangas entre los sillones de la sala. ¿Cómo no recordar la vez que alguien puso en la lavadora un post it que suplicaba “plis-no-metan-mi-pans-a-la-secadora”? Y cuando la otra ignoró el letrero, y la armonía en la suite se destruyó por siempre.
En cambio, yo soy la rumi que todos quisieran tener. Si no me creen, pregúntenle a Güendolin. Nunca quebré su taza favorita, ni se me murió su mascota cuando me la encargó una semana, ni su cobija amanecía en mi cama misteriosamente. No sólo fui buena con ella, sino con el resto de las inquilinas: jamás descompuse la licuadora de nadie, ni tapé el baño, ni incendié el microondas calentando una toalla para empollar un huevo de pato. Así, me gané el cariño de todas las suites que visité.
En sí no es gran ciencia. Nomás es cosa de atenerse a estándares mínimos que, en realidad, debieran ser cuestión de sentido común. Por ejemplo, uno puede intuir que dejar pelos en el jabón de alguien más no está chido, porque implica a) que lo usaste y b) que no te importó disimularlo. Tampoco es conveniente hacerle plática a tu amiga mientras está en el escusado, en especial cuando su tono cortante te indica con claridad la falta de deseos de entablar conversación. Y por mucho que quieras promover la convivencia, jamás toques temas como el aborto, la calidad (ejem) del Tigre ni, mucho menos, el divorcio de Niurka y Juan Osorio. Porque, entonces sí, arde Troya.
Mejor, calmado venado. ¡A disfrutar de las cosas buenas de Colegios, como las noches maravillosas que pasé atascándome litros de helado con las otras siete y viendo películas gays dobladas al español! Y es que, ya sea que lloras con las telenovelas o que empollas un huevo de pato, por dentro todos somos unos freaks.
Yo habité en el Cain-Murray (Caín Mirey, como le llamábamos las más distinguidas) durante cuatro semestres. Por distintas circunstancias estuve nomadeando entre varias suites, aunque siempre al lado de mi fiel compañera, Güendolin. Juntas, nos tocó convivir con una gran variedad de cohabitantes que nos deleitaron, mes tras mes, con sus excentricidades.
Nos tocó, por ejemplo, vivir con Yadira, a.k.a. la reina del reguetón. Cada mañana, tempranito, nos alegraba con sus ritmos discretos en una grabadora con bocinas que situaba en el baño común. ¿Qué mejor manera de empezar el día que con un motivante “Salió el sol, viva el reguetón”?
Estaba también Dionisia, fans declarada de Carmelita Salinas, y de Selina (q.e.p.d.), quien se refería a la farándula mexicana en tono de viejos amigos, estilo “Luis Mirey y la Aracely,” y pegaba fotos de ellos en la pared.
Qué decir de Destiny Sayani que, nunca entendí porqué, le gustaba esconder sus tangas entre los sillones de la sala. ¿Cómo no recordar la vez que alguien puso en la lavadora un post it que suplicaba “plis-no-metan-mi-pans-a-la-secadora”? Y cuando la otra ignoró el letrero, y la armonía en la suite se destruyó por siempre.
En cambio, yo soy la rumi que todos quisieran tener. Si no me creen, pregúntenle a Güendolin. Nunca quebré su taza favorita, ni se me murió su mascota cuando me la encargó una semana, ni su cobija amanecía en mi cama misteriosamente. No sólo fui buena con ella, sino con el resto de las inquilinas: jamás descompuse la licuadora de nadie, ni tapé el baño, ni incendié el microondas calentando una toalla para empollar un huevo de pato. Así, me gané el cariño de todas las suites que visité.
En sí no es gran ciencia. Nomás es cosa de atenerse a estándares mínimos que, en realidad, debieran ser cuestión de sentido común. Por ejemplo, uno puede intuir que dejar pelos en el jabón de alguien más no está chido, porque implica a) que lo usaste y b) que no te importó disimularlo. Tampoco es conveniente hacerle plática a tu amiga mientras está en el escusado, en especial cuando su tono cortante te indica con claridad la falta de deseos de entablar conversación. Y por mucho que quieras promover la convivencia, jamás toques temas como el aborto, la calidad (ejem) del Tigre ni, mucho menos, el divorcio de Niurka y Juan Osorio. Porque, entonces sí, arde Troya.
Mejor, calmado venado. ¡A disfrutar de las cosas buenas de Colegios, como las noches maravillosas que pasé atascándome litros de helado con las otras siete y viendo películas gays dobladas al español! Y es que, ya sea que lloras con las telenovelas o que empollas un huevo de pato, por dentro todos somos unos freaks.
viernes, 7 de noviembre de 2008
La gorra
La situación está canija. Con los precios del petróleo por los suelos y los del maíz por los cielos, llegan las decisiones obligadas: ¿otra chela, o la cena?
Y es que desden antes de la crisis ya estaba difícil. La UDLAP no se caracteriza por ser barata. A esto le sumamos renta, policopias, super y la parranda, y terminamos con cantidades exorbitantes. Aún con beca, el costo que representamos para nuestras familias es, vaya, modestamente elevado. Al menos a algunos, y por lo menos a ratos, nos entra el gusanito de lo caros que salimos y nos dan ganas de echarle una manita a nuestros patrocinadores.
Podríamos conseguir un trabajo… pero quita mucho tiempo. Mejor no hay que. Mejor vamos a hacer valer el dinero que alguien paga por la colegiatura, aprovechando más los recursos. No me refiero a nimiedades como asistir a clases, hacer tarea o frecuentar la biblioteca. No, yo hablo de cambios de base: sacar del fondo del alma la gorronez que habita en todos.
Nuestra condición privilegiada quizá haya hecho que olvidemos el arte de gorrear, o que lo releguemos al terreno de “lo naco” (Dios nos libre de caer en él). Pero en nombre de la solidaridad, dejemos de lado estas quisquillosidades y entrémosle, como buenos mexicanos, a la nacolinez. Aquí, una serie ejemplos de maximización de los recursos:
• En colegios residenciales…
o No compres champú, trae una botella vacía y llénala con el de todas las demás. De a poquito, para que no se note.
o Aplica lo mismo con otros productos de belleza y alimenticios.
o Cuela tu ropa entre la de alguien más, para que sin darse cuenta la metan a lavar y no gastes jabón.
• En el comedor…
o Recuerda: los totopos son gratis. Ponlos en servilletas, remójalos en aderezo y atáscate. De postre: bolillo endulzado con Splenda (los sobres están junto a las cajas).
o Lleva una botella para llenarla en el garrafón. Si es necesario, envuelve más totopos en servilletas para el esnack del mediodía.
o Durante el proceso anterior, evade contacto visual con cajeros o cocineros para evitar momentos incómodos. Se recomienda cubrirse lo más posible para impedir que los compañeros nos reconozcan.
• Miscelánea
o No gastes gas ni agua: vente a bañar a los vestidores del gimnasio. Para lavarte usa el jabón que hay en los lavamanos, huele bien rico.
o Irrumpe en los archivos necesarios para averiguar dónde hay eventos (exámenes, conferencias). Apersónate, camuflajéate y apaña canapés. Lleva topergüers y, cuando estés satisfecho, llénalos y sal corriendo sin voltear atrás.
Con estos trucos, y otros a tu imaginación, sin duda bajarás los costos de vida. Y así ni te tienes que preocupar de molestias como reducir tu consumo de alcohol u otros vicios, tu inversión en antros o tiendas, ni demás gastos indispensables. Tú tranquilo, Dios proveerá. Okey, las estrategias propuestas podrían parecer algo burdas. Pero aceptemos que la sabiduría popular no miente. En el fondo, a la gorra no hay quién le corra.
Y es que desden antes de la crisis ya estaba difícil. La UDLAP no se caracteriza por ser barata. A esto le sumamos renta, policopias, super y la parranda, y terminamos con cantidades exorbitantes. Aún con beca, el costo que representamos para nuestras familias es, vaya, modestamente elevado. Al menos a algunos, y por lo menos a ratos, nos entra el gusanito de lo caros que salimos y nos dan ganas de echarle una manita a nuestros patrocinadores.
Podríamos conseguir un trabajo… pero quita mucho tiempo. Mejor no hay que. Mejor vamos a hacer valer el dinero que alguien paga por la colegiatura, aprovechando más los recursos. No me refiero a nimiedades como asistir a clases, hacer tarea o frecuentar la biblioteca. No, yo hablo de cambios de base: sacar del fondo del alma la gorronez que habita en todos.
Nuestra condición privilegiada quizá haya hecho que olvidemos el arte de gorrear, o que lo releguemos al terreno de “lo naco” (Dios nos libre de caer en él). Pero en nombre de la solidaridad, dejemos de lado estas quisquillosidades y entrémosle, como buenos mexicanos, a la nacolinez. Aquí, una serie ejemplos de maximización de los recursos:
• En colegios residenciales…
o No compres champú, trae una botella vacía y llénala con el de todas las demás. De a poquito, para que no se note.
o Aplica lo mismo con otros productos de belleza y alimenticios.
o Cuela tu ropa entre la de alguien más, para que sin darse cuenta la metan a lavar y no gastes jabón.
• En el comedor…
o Recuerda: los totopos son gratis. Ponlos en servilletas, remójalos en aderezo y atáscate. De postre: bolillo endulzado con Splenda (los sobres están junto a las cajas).
o Lleva una botella para llenarla en el garrafón. Si es necesario, envuelve más totopos en servilletas para el esnack del mediodía.
o Durante el proceso anterior, evade contacto visual con cajeros o cocineros para evitar momentos incómodos. Se recomienda cubrirse lo más posible para impedir que los compañeros nos reconozcan.
• Miscelánea
o No gastes gas ni agua: vente a bañar a los vestidores del gimnasio. Para lavarte usa el jabón que hay en los lavamanos, huele bien rico.
o Irrumpe en los archivos necesarios para averiguar dónde hay eventos (exámenes, conferencias). Apersónate, camuflajéate y apaña canapés. Lleva topergüers y, cuando estés satisfecho, llénalos y sal corriendo sin voltear atrás.
Con estos trucos, y otros a tu imaginación, sin duda bajarás los costos de vida. Y así ni te tienes que preocupar de molestias como reducir tu consumo de alcohol u otros vicios, tu inversión en antros o tiendas, ni demás gastos indispensables. Tú tranquilo, Dios proveerá. Okey, las estrategias propuestas podrían parecer algo burdas. Pero aceptemos que la sabiduría popular no miente. En el fondo, a la gorra no hay quién le corra.
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